Él es mi esperanza

“Descansa sólo en Dios, alma mía, porque Él es mi esperanza” (Sal 61). Con este verso del salmo me quedé en oración. Al repetirlo una y otra vez, fui descubriendo el verdadero descanso no en la confianza que yo ponía en Dios, sino la que Dios me iba dando. Iba más allá de las circunstancias, que tantas veces nos confunden, haciéndonos sentir seguros porque todo nos parece que va bien y podemos estar tranquilos. La confianza que Dios me daba era el amor que me ofrecía. Su presencia, hecha amor que me envolvía y, al mismo tiempo, me hacía sentir que ninguna otra cosa podría colmar mi vida, sino El.  Así entendí que la lógica estaba clara, podía descansar en Dios, si él era mi esperanza. Una esperanza abierta a su proyecto, a lo que Él espera de mí. Algo más allá de mis cálculos y previsiones, de mi limitada percepción del futuro. Su proyecto me sobrepasa, pero no por inadecuado para mí, sino porque me abre más allá de mis cálculos. Era esa esperanza de cielo, -que en el lenguaje de San Juan de la Cruz-, tanto alcanza cuanto espera. Era esa esperanza que me asocia a toda la creación abierta a la transformación total, a la nueva creación. El descanso en Dios, abierto a esta esperanza, es lo que le pedía con el salmista.

F. Brändle

“Aunque crezcan vuestras riquezas, no les deis el corazón” (Sal 61,11)

Dorotea Lange, Madre migrante, EEUU 1936

“Aunque crezcan vuestras riquezas, no les deis el corazón” (Sal 61,11). Me parecía al leerlo, recitando el salmo, que una afirmación así nada tenía que decirme para vivir unos momentos de oración contemplativa. Algo me decía que no lo desechara tan fácilmente, y comencé a repetirla con calma, haciendo silencio. No hubo que hacerlo muchas veces. Pronto se me iluminó mucho más de su contenido, que encerraba mucho para mi vida, si quería que Dios entrase en ella a través de una verdadera contemplación. Sí, esa infusión amorosa de Dios no me sería fácil vivirla si no caía en la cuenta de lo que supone dar el corazón a las riquezas cuando estas crecen, supliqué al Espíritu que me invitaba a repetirla que me mostrara más la verdad de este aserto tan simple, y vine a caer en la cuenta de que en mi vida doy y puedo dar el corazón a muchas riquezas que crecen a lo largo de ella. Mis éxitos, mis conocimientos, mis obras buenas, todas pueden crecer como riquezas, y yo darles el corazón, pensando que es algo bueno, que Dios me regala. Me sentí abierto a un modo nuevo de entenderlo. Sí, ahí están las riquezas que crecen con el devenir de la vida, pero ellas no pueden llenar mi corazón, ni mucho menos convertirse en algo para lo que vivir. Repitiendo la frase le fui pidiendo al Señor que pudiera vivir lo que se me decía en esa frase. Que el Espíritu me liberase de poner el corazón en todo aquello que me parecía ser justo y bueno y por ello digno de darle mi corazón; que consciente de lo que podría ser un aumento de saber, de virtud, de aprecio por parte de los otros, pues así puede normalmente suceder, de tal manera lo viviera que no me robara el corazón. Es así como me abriría a la verdadera contemplación, a la atención amorosa, que cultivada en la oración, se vive en todo, libre ya de darle el corazón a cuanto me acontece enriqueciendo mi vida.

F. Brändle