Mi Alma Está Unida a Ti

Oración a la mesa, Norman Rockwell, óleo sobre lienzo,1950 colección privada

“Mi alma está unida a ti, y tu diestra me sostiene” (Sal 62,9). Con estos versos del salmo entendí que mi alma es mi vida y que mi vida la alcanzaba a través de la misteriosa unión con Dios que proclaman los grandes místicos, lo cual se me hacía difícil porque los criterios para discernirlo no estaban a mi alcance. Estaba cierto que mi alma es mi vida humana que debía unirse a la divina. Me agarré a los más simple, sí, mi respirar lo debía hacer en unión con Dios, digerir los alimentos, dormir, todo lo relativo a mi vida orgánica, me tendría que servir de primer eslabón para descubrir que mi alma estaba unida a Dios. Si así era ¿Cómo no darle gracias por los alimentos, por la bebida…? ¿Cómo no hacerlo por el aire que respiro?  Mis estados de ánimo emocionales no tenían por qué unirme o separarme de Dios por criterios tan externos como que teniendo a Dios no podía estar triste, o que su presencia en mi vida me colmaría de alegría. Sí, Él está conmigo en la alegría y en la pena, en el ánimo y en el desánimo. Lo importante es convencerme de ello y acudir a esa unión con Dios por encima de criterios evidentes según el sentir humano, sin más. Así llegue a descubrir que su diestra me sostiene, que él me mira en la palma de su mano para llenarme de su amor, y alentar mi vida en esa misteriosa unión con Él, que ya no se me haría ajena a mi vida humana, sino que muy al contario la iría haciendo cada vez más semejante a la suya.

F. Brändle

por ti madrugo

Alba c.1845 J. M.W. Turner, Galería Nacional. Londres

¡Oh, Dios! Tú éres mi Dios por ti madrugo (Sal 62). Este salmo, que recitamos frecuentemente en Laudes, me ha servido para vivir unos momentos de oración llenos de sentido.En el comienzo de la oración habíamos repetido el canon  “Señor despiertame, ensancha mi corazón”. Empecé a entender que Dios no sólo necesitaba de un acto de mi voluntad para madrugar por Él, bien está,pero no era todo. Necesitaba comprender que la ilusión por la que madrugaba era por dejar Él fuera llenando ese día mi vida de su amor, que todo lo que pudiera hacer estuviera lleno de ese amor que el pondría en mi corazón ensanchado por Él y no sólo por mis buenos propósitos. Entendí que eso sí que era realmente el verdadero sentido del madrugar por Él.

F. Brándle

alzaré las manos invocándote

San Jerónimo, Rembrandt, tinta sobre papel

“Toda mi vida te bendeciré y alzaré las manos invocándote”. (Sal 62). Ante estas palabras del salmo quise vivir mi oración, descubriendo, o mejor, dejando que se me diera a conocer lo que encierra tan buen propósito. La totalidad de mi vida no la descubrí en su sentido temporal, un día tras otro, sino en la plenitud de sus dimensiones. Todo mi vivir querría que se tradujera en bendición de Dios. No lo entendía como muchos actos de ofrecimiento, sino un solo deseo: “todo mi vivir” estaría en Dios, sólo tendría un motor: su vida en mí. Algo se me hacía cada vez más claro que sólo así, en El, por Él podría decir: “toda mi vida te bendeciré”. Alzar las manos, no era un simple gesto de invocación, era más. Querría que cuánto pedía fuera al mismo tiempo entrega, nada de lo que mis manos pudieran pedir estaría fuera del ámbito divino en el que se hiciera amor y entrega. Descubrir la vida humana, mi vida como verdadero hombre, totalmente vivida en Dios, vino a ser el término de la oración, repitiendo estas palabras del salmo. Si celebramos el nacimiento de Dios como hombre, hemos de celebrar también el nacimiento del hombre en Dios.

F. Brändle

Vida

A lo largo de toda la semana, en la celebración de Laudes, hemos recitado el salmo 62. Cada mañana le hemos podido decir al Señor que por Él madrugábamos. Hemos podido expresar con el salmista nuestro deseo de unirnos a Él. Pero lo que me ha despertado a sentimientos más hondos, y por los que he abierto mi espíritu en la oración silenciosa que vivimos después de Laudes, ha sido descubrir que su gracia vale más que la vida. En estos momentos en que la vida se nos hace tan frágil, en que nuestros medios no detienen en muchos casos el poder de la muerte, el consuelo no está en abandonarse a esa suerte, el esperar otra vida, sino en descubrir ya esa gracia, esa vida nueva que vale más que la que se conserva sólo desde nuestros horizontes, y que podemos llamar. la vida. Vivir con la convicción de que su gracia vale más que la vida, es vivir la vida resucitada en Cristo, hecha presente en nosotros. No soñamos una vida nueva, tenemos la vida hecha gracia, hecha comunión y encuentro, con Dios y con los hombres. He aquí la razón de una verdadera alabanza hecha a Dios, de poder decirle que le bendeciremos durante toda la vida. El salmo entero recitado cada mañana en esta semana pascual nos lo ha recordado.

F. Brändle