En la presencia del Dios vivo

Valle de las Batuecas

Un rasgo característico de la espiritualidad carmelitana es la vivencia de la presencia de Dios. Las Sagradas Escrituras presentan el Profeta Elías como el hombre de Dios, que vive en su presencia (Cf. 1Re17,1). Elías se siente enviado por Dios para anunciar el castigo de la sequía, consecuencia de la infidelidad de Israel a la Alianza. En el Monte Horeb, experimentará a Dios de forma nueva, no como un huracán o terremoto o fuego devastador sino como el susurro de una brisa suave (Cf. 1Re19,11-12). La presencia de Dios se capta en el silencio, en lo pequeño, en lo sencillo.

En la vida de Santa Teresa, vemos una progresiva toma de conciencia de la presencia de Dios en su vida espiritual hasta llegar a la experiencia de la inhabitación trinitaria. Abundan los textos teresianos que narran el desarrollo de su experiencia. Ya en la cumbre de su vida mística escribe: “Parecióme se me representó como cuando en una esponja se incorpora y embebe el agua. Así me parecía mi alma que se henchía de aquella divinidad y por cierta manera gozaba en sí y tenía las tres Personas” (CC 15).   

            La misma dimensión trinitaria encontramos en la espiritualidad de Santa Isabel de la Trinidad. Si somos templos de Dios y la Trinidad habita en nosotros, entonces, en este profundo centro, debemos estar y ahí contemplar el amor trinitario y ser envueltos por ello. Su vocación será ser una alabanza de gloria al Dios Uno y Trino presente en el centro del alma.

En San Juan de la Cruz, la presencia de Dios es el anhelo más profundo de la persona que se encuentra herida de amor por Él. Esta herida de amor se cura sólo con la presencia del Amado. El Amado está dentro del alma, en su centro, en las entrañas. Cuando uno descubre esta presencia en lo más hondo de su ser entonces goza de gran paz y alegría.

La espiritualidad de la presencia de Dios nos ayuda a llenar nuestra vida de paz y atención amorosa al Amado.

Fray Emmanuel María

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DESCRIPCIÓN DE LA ADVERTENCIA AMOROSA (II)

Al inicio de esta obra contemplativa, la persona habrá de ayudarse a veces del pensamiento o de la imaginación. Pero como ya está predispuesta para centrarse a partir de la advertencia amorosa, esto se hace con moderación, sólo como para soplar las brasas y así se encienda el fuego contemplativo.

De manera que muchas veces se hallará el  alma en esta amorosa pacífica asistencia sin obrar nada con las potencias, esto es, acerca de actos particulares, no obrando activamente, sino sólo recibiendo; y muchas habrá menester ayudarse blanda y moderadamente del discurso para ponerse en ella. Pero, puesta el alma en ella, ya habemos dicho que el alma no obra nada con las potencias; que entonces antes es decir verdad que se obra en ella y que está obrada la inteligencia y sabor, que no que obre ella alguna cosa, sino solamente tener advertencia el alma con amar a Dios, sin querer sentir ni ver nada. En lo cual pasivamente se le comunica Dios, así como al que tiene los ojos abiertos, que pasivamente sin hacer él más que tenerlos abiertos, se le comunica la luz. Y este recibir la luz que sobrenaturalmente se le infunde, es entender pasivamente, pero dícese que no obra, no porque no entienda, sino porque entiende lo que no le cuesta su industria, sino sólo recibir lo que le dan, como acaece en las iluminaciones e ilustraciones o inspiraciones de Dios” (2S 15,2)

Donde vemos cómo el alma recibe a Dios pasivamente. La advertencia amorosa sirve como predisposició 

Romance “In principio erat Verbum”

Ya que era llegado el tiempo
en que de nacer había,
así como desposado

290. de su tálamo salía
abrazado con su esposa,
que en sus brazos la traía,
al cual la graciosa Madre
en un pesebre ponía,

295. entre unos animales
que a la sazón allí había.
Los hombres decían cantares,
los ángeles melodía,
festejando el desposorio

300. que entre tales dos había.
Pero Dios en el pesebre
allí lloraba y gemía,
que eran joyas que la esposa
al desposorio traía.

305. Y la Madre estaba en pasmo
de que tal trueque veía:
el llanto del hombre en Dios,
y en el hombre la alegría,
lo cual del uno y del otro

310. tan ajeno ser solía.

San Juan de la Cruz

Pedagogía contemplativa I

La oración contemplativa no se reduce a la práctica de una técnica, sino a una actitud del corazón. Sin embargo, esa actitud no nace por generación espontánea, sino como desarrollo de un ejercicio.

El camino contemplativo se inicia cuando la persona percibe la realidad, su verdadera situación. Nunca la oración surge de la ceguedad o del autoengaño. De ahí que el inicio del camino siempre supone un reconocimiento de nuestra situación limitada.

San Juan de la Cruz lo expresa de esta manera: Continue reading “Pedagogía contemplativa I”