La cena que recrea y enamora

Con esta celebración vespertina de la cena del Señor damos inicio al triduo pascual que culminará en aquella vigilia santa, donde gozosos proclamaremos la pascua del Señor. Estos tres días del triduo pascual forman una única celebración con el objetivo de vivenciar el culmen del misterio de nuestra fe: la entrega de Jesús por nuestra redención.

Hoy hacemos memoria de tres regalos que Jesús nos ha dejado en la última cena: la institución de la eucaristía; el mandato nuevo del amor y el sacerdocio ministerial. Estas tres realidades están estrechamente vinculadas de tal manera que si falta una, las otras dos pierden su sentido y substancia. La eucaristía debe ser entendida como expresión del amor y el ministerio sacerdotal que la hace presente llega a su plenitud cuando el ministro torna su propia vida como expresión del amor divino.

Me gustaría destacar hoy este gran regalo de Dios que es la eucaristía. Como diariamente participamos en ella existe el riesgo de considerarla un acto más de nuestra rutina, ya tan llena de cosas. Quién sabe si ya nos hemos acostumbrados al rito, y su contenido ya no llega a nuestro corazón. ¡Qué gran dicha sentarnos alrededor de la mesa con el Señor para participar de su cena!

En el Cántico Espiritual de san Juan de la Cruz, la esposa (la persona) llama al amado (Dios) la “cena que recrea y enamora”. La Eucaristía es, por tanto, la “cena que recrea y enamora”. Esta definición tan singular nos recuerda la dimensión de “banquete” y de “fiesta” de las que deben revestirse nuestras celebraciones. Además de ser una oportunidad para saciarnos, la cena es lugar de encuentro. No invitamos a cualquier persona a entrar en nuestra casa, más aún a sentarse a nuestra mesa. Los invitados son personas con las cuales tenemos proximidad, confianza y familiaridad.

Jesús, por medio de una acción tan ordinaria, expresa algo tan divino: Él desea entregarse a nosotros totalmente. Hará esta entrega generosa en la cruz. Aquí perpetúa su memoria con las palabras: “haced esto en memoria mía”. En esta cena no somos meros espectadores; Jesús en su mistagogia nos envuelve de tal manera que también nosotros nos sentimos comprometidos en hacer de nuestra vida una entrega generosa.

Los invitados a su mesa también son llamados a vivir la misma experiencia que él, la experiencia de la gratuidad. Él dio gratuitamente su vida por nosotros, ahora nosotros debemos dar gratuitamente nuestra vida por nuestros hermanos. En una sociedad marcada por los intereses personales, tal llamada puede parecer absurda, pero nuestra capacidad de realización está ligada a nuestra capacidad de donación. Cuanto más nos donamos, más experimentamos la felicidad.

Esta “Cena” que nos compromete en una entrega generosa, también “nos recrea y enamora”. Recrear, aquí, significa descansar, holgar, divertir… La eucaristía es donde, fatigados de la jornada, encontramos nuestro descanso; donde somos saciados plenamente en lo más profundo de nuestro ser. Es donde se cumplen aquellas palabras del salmo 62: “Solo Dios es el descanso de mi alma, de él viene mi salvación”.

La expresión “recrear” puede ser entendida como “volver a crear” o “hacer nuevo” o “renovar”. La cena eucarística nos “recrea” para la vida nueva de hijos de Dios. Pero, ¿cómo podemos hacer esta experiencia de renovación si en apariencia continuamos siendo los mismos? Lo que cada eucaristía hace nueva en nosotros es la disposición para amar y servir. Nuestra voluntad en cada cena es conducida para acoger como suya la voluntad de Dios. Esta es la más profunda transformación que al participar en la celebración eucarística ocurre en nosotros. Y esto se da a la medida y al paso de cada uno, según su apertura a la gracia de Dios.

También esta cena tiene la propiedad de enamorar. Enamorar, quiere decir, entrar en el lugar del amor. La persona enamorada percibe que la persona amada mora dentro de ella, en su corazón. Igualmente encuentra en la persona amada su morada, su reposo, su descanso. La persona enamorada solo tiene una preocupación, satisfacer y corresponder al amor. Es lo que dice san Juan de la Cruz en el verso “ni ya tengo otro oficio, que ya solo amar es mi ejercicio”.

Pero, no comprendamos este amor como algo ajeno a la realidad, como si fuera una fantasía que hemos creado para olvidarnos de nuestras responsabilidades, sino todo lo contrario. No hay fuerza mayor para transformar la realidad que el amor. La cena eucarística nos enamora porque nos compromete con la construcción de la civilización del amor.

Quizá el transcurrir del día a día o incluso nuestras limitaciones y miserias humanas nos impidan vivenciar de esta forma el sacrificio eucarístico. Este velo, que a veces se torna en densas nubes cubriendo su esencia solo podemos transcenderlo por la fe. Sin la fe lo que celebramos pierde su color, su sabor, su sentido… Hoy hacemos memoria de la última cena y deseamos renovar en nosotros el sentido profundo de la eucaristía.

No podría dejar de referirme a ese gesto tan peculiar de la celebración de hoy: el lavado de los pies. Todos sabemos que Cristo quiere expresar con él el servicio. Pero, generalmente entendemos este servicio como acto de sumisión y humildad. No me parece que este sea el sentido pleno de esta enseñanza. Jesús había dicho a sus apóstolos “ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su Señor; a vosotros os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí a mi Padre, os las he dado a conocer” (Juan 15,15).

El servicio aquí es entendido como colaboración o como ayuda de quien comparte el mismo proyecto. La actitud de servicio que nos requiere el Señor es la expresión de nuestra amistad con él, con quien compartimos el mismo proyecto. Para los amigos de Jesús el servicio no es un acto aislado sino la expresión de su seguimiento y de nuestro amor por él. Por tanto, para los cristianos el servicio es un estilo de vida o si queremos “una filosofía de vida”, que impregna todas nuestras actividades.

Pidamos entonces hermanos y hermanas en esta cena del Señor que nos haga entender el sentido pleno de la eucaristía y nos disponga para servir con generosidad, como él ha hecho. Amén.

Fray Emmanuel María ocd

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En la presencia del Dios vivo

Valle de las Batuecas

Un rasgo característico de la espiritualidad carmelitana es la vivencia de la presencia de Dios. Las Sagradas Escrituras presentan el Profeta Elías como el hombre de Dios, que vive en su presencia (Cf. 1Re17,1). Elías se siente enviado por Dios para anunciar el castigo de la sequía, consecuencia de la infidelidad de Israel a la Alianza. En el Monte Horeb, experimentará a Dios de forma nueva, no como un huracán o terremoto o fuego devastador sino como el susurro de una brisa suave (Cf. 1Re19,11-12). La presencia de Dios se capta en el silencio, en lo pequeño, en lo sencillo.

En la vida de Santa Teresa, vemos una progresiva toma de conciencia de la presencia de Dios en su vida espiritual hasta llegar a la experiencia de la inhabitación trinitaria. Abundan los textos teresianos que narran el desarrollo de su experiencia. Ya en la cumbre de su vida mística escribe: “Parecióme se me representó como cuando en una esponja se incorpora y embebe el agua. Así me parecía mi alma que se henchía de aquella divinidad y por cierta manera gozaba en sí y tenía las tres Personas” (CC 15).   

            La misma dimensión trinitaria encontramos en la espiritualidad de Santa Isabel de la Trinidad. Si somos templos de Dios y la Trinidad habita en nosotros, entonces, en este profundo centro, debemos estar y ahí contemplar el amor trinitario y ser envueltos por ello. Su vocación será ser una alabanza de gloria al Dios Uno y Trino presente en el centro del alma.

En San Juan de la Cruz, la presencia de Dios es el anhelo más profundo de la persona que se encuentra herida de amor por Él. Esta herida de amor se cura sólo con la presencia del Amado. El Amado está dentro del alma, en su centro, en las entrañas. Cuando uno descubre esta presencia en lo más hondo de su ser entonces goza de gran paz y alegría.

La espiritualidad de la presencia de Dios nos ayuda a llenar nuestra vida de paz y atención amorosa al Amado.

Fray Emmanuel María

DESCRIPCIÓN DE LA ADVERTENCIA AMOROSA (II)

Al inicio de esta obra contemplativa, la persona habrá de ayudarse a veces del pensamiento o de la imaginación. Pero como ya está predispuesta para centrarse a partir de la advertencia amorosa, esto se hace con moderación, sólo como para soplar las brasas y así se encienda el fuego contemplativo.

De manera que muchas veces se hallará el  alma en esta amorosa pacífica asistencia sin obrar nada con las potencias, esto es, acerca de actos particulares, no obrando activamente, sino sólo recibiendo; y muchas habrá menester ayudarse blanda y moderadamente del discurso para ponerse en ella. Pero, puesta el alma en ella, ya habemos dicho que el alma no obra nada con las potencias; que entonces antes es decir verdad que se obra en ella y que está obrada la inteligencia y sabor, que no que obre ella alguna cosa, sino solamente tener advertencia el alma con amar a Dios, sin querer sentir ni ver nada. En lo cual pasivamente se le comunica Dios, así como al que tiene los ojos abiertos, que pasivamente sin hacer él más que tenerlos abiertos, se le comunica la luz. Y este recibir la luz que sobrenaturalmente se le infunde, es entender pasivamente, pero dícese que no obra, no porque no entienda, sino porque entiende lo que no le cuesta su industria, sino sólo recibir lo que le dan, como acaece en las iluminaciones e ilustraciones o inspiraciones de Dios” (2S 15,2)

Donde vemos cómo el alma recibe a Dios pasivamente. La advertencia amorosa sirve como predisposició 

Romance “In principio erat Verbum”

Ya que era llegado el tiempo
en que de nacer había,
así como desposado

290. de su tálamo salía
abrazado con su esposa,
que en sus brazos la traía,
al cual la graciosa Madre
en un pesebre ponía,

295. entre unos animales
que a la sazón allí había.
Los hombres decían cantares,
los ángeles melodía,
festejando el desposorio

300. que entre tales dos había.
Pero Dios en el pesebre
allí lloraba y gemía,
que eran joyas que la esposa
al desposorio traía.

305. Y la Madre estaba en pasmo
de que tal trueque veía:
el llanto del hombre en Dios,
y en el hombre la alegría,
lo cual del uno y del otro

310. tan ajeno ser solía.

San Juan de la Cruz

Pedagogía contemplativa I

La oración contemplativa no se reduce a la práctica de una técnica, sino a una actitud del corazón. Sin embargo, esa actitud no nace por generación espontánea, sino como desarrollo de un ejercicio.

El camino contemplativo se inicia cuando la persona percibe la realidad, su verdadera situación. Nunca la oración surge de la ceguedad o del autoengaño. De ahí que el inicio del camino siempre supone un reconocimiento de nuestra situación limitada.

San Juan de la Cruz lo expresa de esta manera: Continue reading “Pedagogía contemplativa I”