Bien con libertad se ha de andar en este camino

Una de las joyas más preciosas del magisterio teresiano es, sin duda, su doctrina sobre la libertad. Santa Teresa utiliza esta palabra con más de un significado, pero aquí nos detenemos en lo que la Santa llama “libertad de espíritu”. El lector atento de los escritos teresianos percibirá la importancia que concede la autora al hecho de “andar en libertad en este camino”.

Teresa se queja muchas veces por verse culturalmente tullida en su condición de mujer. Muy representativas son sus palabras en las Sextas Moradas que nos parece justo transcribir: “Por otra parte, se querría meter en mitad del mundo, por ver si pudiese ser parte para que un alma alabase más a Dios; y si es mujer, se aflige del atamiento que le hace su natural porque no puede hacer esto, y ha gran envidia a los que tienen libertad para dar voces, publicando quién es este gran Dios de las Caballerías” (6M 6,3).

Entretanto, Teresa no reduce la lucha por la libertad a una cuestión social y cultural, sabe que esta cuestión tiene raíces más hondas. Para ella, la libertad es un valor inestimable, pero no es algo que se deba buscar en sí misma, es una libertad “para”. Buscarla en sí misma nos llevaría a ser esclavos de ella. Por esto es una libertad para algo mayor, como: colocar en las manos de Dios (V 22,2); “llegar almas a Dios” (V 30,21); hacer lo que el Señor pide (V 33,11); “tratar cosas de su alma” (CV 5,4); decir mi parecer (Ct 24,11), “dar voces, publicando quién es este gran Dios” (6M 6,3). La libertad teresiana es una condición imprescindible para amar y servir a Dios plenamente.

En la doctrina teresiana la libertad está ligada al desasimiento de todo lo creado. Cuando en el libro Camino de Perfección habla extensamente sobre el desasimiento (CV 9-13), evidencia que el más difícil es el desasimiento de sí mismo (CV 10,1). Quizá la libertad auténtica es aquella que nos libra de nosotros mismos, o sea, de nuestras tendencias egoístas y mezquinas. En este sentido se opone al concepto moderno que identifica la libertad con el hedonismo (el máximo de placer y el mínimo de dolor). Así Teresa, en su libertad de espíritu, exclama con mucho acierto: “Sea el Señor alabado, que me libró de mí” (V 23,1).

Fray Emmanuel María, ocd

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En la presencia del Dios vivo

Valle de las Batuecas

Un rasgo característico de la espiritualidad carmelitana es la vivencia de la presencia de Dios. Las Sagradas Escrituras presentan el Profeta Elías como el hombre de Dios, que vive en su presencia (Cf. 1Re17,1). Elías se siente enviado por Dios para anunciar el castigo de la sequía, consecuencia de la infidelidad de Israel a la Alianza. En el Monte Horeb, experimentará a Dios de forma nueva, no como un huracán o terremoto o fuego devastador sino como el susurro de una brisa suave (Cf. 1Re19,11-12). La presencia de Dios se capta en el silencio, en lo pequeño, en lo sencillo.

En la vida de Santa Teresa, vemos una progresiva toma de conciencia de la presencia de Dios en su vida espiritual hasta llegar a la experiencia de la inhabitación trinitaria. Abundan los textos teresianos que narran el desarrollo de su experiencia. Ya en la cumbre de su vida mística escribe: “Parecióme se me representó como cuando en una esponja se incorpora y embebe el agua. Así me parecía mi alma que se henchía de aquella divinidad y por cierta manera gozaba en sí y tenía las tres Personas” (CC 15).   

            La misma dimensión trinitaria encontramos en la espiritualidad de Santa Isabel de la Trinidad. Si somos templos de Dios y la Trinidad habita en nosotros, entonces, en este profundo centro, debemos estar y ahí contemplar el amor trinitario y ser envueltos por ello. Su vocación será ser una alabanza de gloria al Dios Uno y Trino presente en el centro del alma.

En San Juan de la Cruz, la presencia de Dios es el anhelo más profundo de la persona que se encuentra herida de amor por Él. Esta herida de amor se cura sólo con la presencia del Amado. El Amado está dentro del alma, en su centro, en las entrañas. Cuando uno descubre esta presencia en lo más hondo de su ser entonces goza de gran paz y alegría.

La espiritualidad de la presencia de Dios nos ayuda a llenar nuestra vida de paz y atención amorosa al Amado.

Fray Emmanuel María

UN RETRATO LITERARIO DE SANTA TERESA

.Celebramos hoy la fiesta de San Pedro de Alcántara conocido por todos por la descripción que de él hace Santa Teresa en el capítulo 27 del libro de la Vida. En el Carmelo Descalzo también tenemos que recordar en este día de manera especial a una de las hijas más queridas de Teresa de Jesús, a María de San José (Salazar). Esta intrépida carmelita descalza, entre otras, fue la fiel transmisora del carisma teresiano con sus escritos y vida. Nació en 1548 (posiblemente en Toledo) y por seguir el ideal teresiano murió desterrada en el convento de Cuerva (Toledo) un 19 de octubre de 1603.

 

Entre sus escritos, encontramos un retrato hecho en primera persona de su querida Madre Teresa de Jesús:

 

“Era esta santa de mediana estatura, antes grande que pequeña; tuvo en su mocedad fama de muy hermosa y hasta su última edad mostraba serlo; era su rostro no nada común sino extraordinario, y de suerte que no se puede decir redondo ni aguileño; los tercios de él iguales, la frente ancha e igual y muy hermosa, las cejas de color rubio oscuro con poca semejanza de negro, anchas y algo arqueadas; los ojos negros, vivos y redondos, no muy grandes, mas muy bien puestos; la nariz redonda y en derecho de los lagrimales, para arriba disminuida hasta igualar con las cejas, formando un apacible entrecejo, la punta redonda y un poco inclinada hacia abajo, las ventanas arqueaditas y pequeñas y toda ella no muy desviada del rostro.

 

Mal se puede con pluma pintar la perfección que todo tenía: la boca, de muy buen tamaño; el labio de arriba delgado y derecho, el de abajo grueso y un poco caído, de muy linda gracia y color; y así la tenía en el rostro, que con ser ya de edad y muchas enfermedades, daba gran contento mirarla y oírla porque era my apacible y graciosa en todas sus palabras y acciones.

 

Era gruesa más que flaca y en todo bien proporcionada; tenía muy lindas manos, aunque pequeñas; en el rostro, al lado izquierdo, tenía tres lunares levantados como verrugas pequeñas, en derecho unos de otros, comenzando desde debajo de la boca el que mayor era, y el otro entre la boca y nariz, el último en la nariz, más cerca de abajo que de arriba

 

Era en todo perfecta como se ve por un retrato que al natural sacó fray Juan de la Miseria, un religioso nuestro.” (Libro de recreaciones, recreación octava, pág. 188).

 

Este doble tesoro  de nuestra Santa Madre Teresa de Jesús (la descripción de María de San José y el cuadro de fr. Juan de la Miseria) lo podemos disfrutar y contemplar en el monasterio de las carmelitas descalzas de Sevilla que además tienen la gran suerte de custodiar también en su clausura una de las joyas más preciadas de todo la historia de la espiritualidad: Castillo interior. A ello hay que sumar que la misma María de San José fue la primera priora de esta comunidad tan querida por Teresa de Jesús. María de San José, Teresa de Jesús y Sevilla son tres nombres que no pueden separarse ni olvidarse al hablar del Carmelo Descalzo.

 

TERESA DE JESÚS SE ENCUENTRA CON EL RESUCITADO (II)

Teresa de Jesús no se conforma con describir su encuentro con el Resucitado. Quiere que lleguemos a comprender, quiere que la entendamos para poder compartir con ella la alegría de la Resurrección. Nos dice que “esta visión, aunque es imaginaria, nunca la vi con los ojos corporales, ni ninguna, sino con los ojos del alma”.

Es una realidad que “ciega” a Teresa, y le llena de la presencia de su Esposo “no es resplandor que deslumbre, sino una blancura suave y el resplandor infuso, que da deleite grandísimo a la vista y no la cansa, ni la claridad que se ve para ver esta hermosura tan divina. Es una luz tan diferente de las de acá, que parece una cosa tan deslustrada la claridad del sol que vemos, en comparación de aquella claridad y luz que se representa a la vista, que no se querrían abrir los ojos después. Es como ver un agua clara, que corre sobre cristal y reverbera en ello el sol, a una muy turbia y con gran nublado y corre por encima de la tierra. No porque se representa sol, ni la luz es como la del sol; parece, en fin, luz natural y estotra cosa artificial. Es luz que no tiene noche, sino que, como siempre es luz, no la turba nada. En fin, es de suerte que, por gran entendimiento que una persona tuviese, en todos los días de su vida podría imaginar cómo es. Y pónela Dios delante tan presto, que aun no hubiera lugar para abrir los ojos, si fuera menester abrirlos; mas no hace más estar abiertos que cerrados, cuando el Señor quiere; que, aunque no queramos, se ve.”.

La Santa de Ávila habla siempre por experiencia, todo lo que nos relata antes lo ha vivido y quiere transmitírnoslo con sus propias palabras: “diré, pues, lo que he visto por experiencia. Bien me parecía en algunas cosas que era imagen lo que veía, mas por otras muchas no, sino que era el mismo Cristo, conforme a la claridad con que era servido mostrárseme. Unas veces era tan en confuso, que me parecía imagen, no como los dibujos de acá, por muy perfectos que sean, que hartos he visto buenos; es disparate pensar que tiene semejanza lo uno con lo otro en ninguna manera, no más ni menos que la tiene una persona viva a su retrato, que por bien que esté sacado no puede ser tan al natural, que, en fin, se ve es cosa muerta. No digo que es comparación, que nunca son tan cabales, sino verdad, que hay la diferencia que de lo vivo a lo pintado, no más ni menos. Porque si es imagen, es imagen viva; no hombre muerto, sino Cristo vivo; y da a entender que es hombre y Dios; no como estaba en el sepulcro, sino como salió de él después de resucitado; y viene a veces con tan grande majestad, que no hay quien pueda dudar sino que es el mismo Señor, en especial en acabando de comulgar, que ya sabemos que está allí, que nos lo dice la fe. Represéntase tan señor de aquella posada, que parece toda deshecha el alma se ve consumir en Cristo”.

Esta visión de Teresa provoca en ella un cambio radical, “queda el alma otra, siempre embebida”, Teresa de Jesús es transformada por el encuentro con Cristo resucitado y “tan imprimida queda aquella majestad y hermosura, que no hay poderlo olvidar, si no es cuando quiere el Señor que padezca el alma una sequedad y soledad grande, que aun entonces de Dios parece se olvida”.

Además “viendo” a Cristo resucitado descubre su Humanidad y la omnipotencia y amor de Dios que todo lo llena “porque con los ojos del alma vese la excelencia y hermosura y gloria de la santísima Humanidad y se nos da a entender cómo es Dios y poderoso y que todo lo puede y todo lo manda y todo lo gobierna y todo lo hinche su amor”.

No pensemos que este tipo de visiones pueden ser engaños del demonio o producto de la psicología. Esta visión es muy diferente a todo eso y para la Santa de Ávila “ ser imaginación esto, es imposible de toda imposibilidad. Ningún camino lleva, porque sola la hermosura y blancura de una mano es sobre toda nuestra imaginación: pues sin acordarnos de ello ni haberlo jamás pensado, ver en un punto presentes cosas que en gran tiempo no pudieran concertarse con la imaginación, porque va muy más alto ­como ya he dicho­ de lo que acá podemos comprender; así que esto es imposible”. (V 28, 4-11)

Teresa de Jesús no puede acallar sus impulsos ante esta experiencia que ha vivido y brota de lo más profundo de su corazón una bella oración a Cristo resucitado, pero para que podamos saborear con calma estas palabras con las que nos comenta cómo ha sido esta visión preferimos esperar un poco para conocer cómo Teresa ora ante el Resucitado.

Rafael Pascual Elías

TERESA DE JESÚS “SE ENCUENTRA” CON EL RESUCITADO (I)

Santa Teresa de Jesús vive en plenitud la Resurrección de Cristo y es el mismo Cristo resucitado quien se le aparece. Ella misma nos lo cuenta en el libro de la Vida:

“Estando un día en oración, quiso el Señor mostrarme solas las manos con tan grandísima hermosura que no lo podría yo encarecer. … Desde a pocos días, vi también aquel divino rostro, que del todo me parece me dejó absorta. No podía yo entender por qué el Señor se mostraba así poco a poco, pues después me había de hacer merced de que yo le viese del todo, hasta después que he entendido que me iba Su Majestad llevando conforme a mi flaqueza natural. ¡Sea bendito por siempre!, porque tanta gloria junta, tan bajo y ruin sujeto no la pudiera sufrir. Y como quien esto sabía, iba el piadoso Señor disponiendo … 

Sonlo tanto los cuerpos glorificados, que la gloria que traen consigo ver cosa tan sobrenatural hermosa desatina … Un día de San Pablo, estando en misa, se me representó toda esta Humanidad sacratísima como se pinta resucitado, con tanta hermosura y majestad … Sólo digo que, cuando otra cosa no hubiese para deleitar la vista en el cielo sino la gran hermosura de los cuerpos glorificados, es grandísima gloria, en especial ver la Humanidad de Jesucristo, Señor nuestro, aun acá que se muestra Su Majestad conforme a lo que puede sufrir nuestra miseria; ¿qué será adonde del todo se goza tal bien?” (V 28, 1-3).

El “encuentro” de Teresa con Cristo resucitado es un camino en el que poco a poca va descubriendo la Gloria de Dios. Es una realidad que le desborda y que le llena de inmensa felicidad y gozo. Teresa de Jesús ve en primer lugar solamente las manos. Esas manos que años más tarde le van a entregar un clavo que se convierte es signo del matrimonio espiritual de Teresa con Cristo. Son las manos con las que Cristo acaricia, cura y consuela a Teresa. No queda todo en las manos, sino que pocos días después ve el divino rostro de Cristo que le marca en su interior profundamente. Ese rostro que ha contemplado tantas veces en la Pasión sudando sangre, escupido, abofeteado, coronado de espinas y al final caído sobre el propio pecho lo ve ahora glorificado. Ya no es un rostro doloroso y sufriente, sino que es un rostro glorificado, iluminado y radiante de una potente luz que proviene de la resurrección.

La Santa de Ávila se pregunta por qué Cristo se le va mostrando poco a poco y no lo hace de una vez. Se da cuenta de que no se halla preparada, de que su persona no se encuentra en condiciones de contemplar tanta belleza y hermosura junta en la persona de Cristo resucitado. Cuando reconoce y asume esta debilidad, llega el momento en que toda la Humanidad  de Cristo se le muestra. Cristo resucitado se le manifiesta ya en su plenitud, igual que a la Magdalena en la mañana de Pascua. El mismo Dios hecho carne y resucitado de entre los muertos se le aparece a Teresa y le transforma totalmente. Es una experiencia que va a convertirse en un jalón clave de su vida espiritual. Es algo que nunca olvidará y que va a cambiar por completo la vida de Teresa de Jesús hasta tal punto que nos dirá que “no hay poderlo olvidar … queda el alma otra, siempre embebida”, pero esto lo dejamos para otro día.

Fray Rafael Pascual Elías OCD

El Sentido de la Vida

La pregunta sustancial del hombre moderno no es la del hombre antiguo que se preguntaba por la salvación; ni la del hombre medieval que se preguntaba por la naturaleza sobrenatural que asume la nuestra; tampoco el hombre moderno se preocupa por encontrar un Dios misericordioso como Lutero. El hombre moderno se pregunta por el sentido. ¿Mi vida tiene sentido? Esto, consciente o inconscientemente, aparece como una pregunta insoslayable: la libertad absoluta y a veces desquiciante, el hedonismo, el consumismo, etc, etc son respuestas dadas a esta pregunta que martillea la conciencia del hombre moderno.

 ¿Puede Santa Teresa, mujer inquieta del siglo XVI, darnos alguna pista para resolverla?

 Para Teresa, el hombre, no puede ser pensado sin Dios: “A mi parecer jamás nos acabamos de conocer, sino procuramos conocer a Dios” (1M 2,4). Teresa por el camino de la interioridad no sólo se supo radicada  en Dios, sino habitada por Él.

 Conocer a Dios para conocerse a si mismo a la luz de Dios constituye para Teresa el fundamento del sentido de la vida del hombre. Teresa descubrió en su experiencia que la acción de Dios para dar vida y sentido al hombre no es algo externo o extraño al hombre, sino que tiene el manantial en el centro del hombre mismo. Supo ir descubriendo, que lo más hondo del hombre es una especie de apertura radical a Dios.

 El sentido de la vida del hombre vendrá de entrar en contacto con esa fuente, que es Dios que es recreador del ser humano, no lo oprime ni lo angosta, sino que lo dilata y lo ensancha, lo rehace.

Para descubrir el sentido de su vida, el hombre, nos enseña Teresa, no le basta con conocer el castillo y pararse delante de él. ¡Tiene que entrar! Y para entrar en él, sólo hay una puerta: la oración

El hermano

Pedagogía contemplativa III

En el último apartado vimos la necesidad de concretar la contemplación en una ejercicio: unos iconos, una vela, sentarse, una frase repetida…

Cuando alguien comienza a orar, empieza utilizando las herramientas más elementales, a las que estamos ya acostumbrados. Como nos son familiares, no nos es difícil ponerlas al servicio de la oración, pues ya las usamos constantemente para la vida ordinaria.

El pensamiento suele ser una herramienta muy utilizada. La persona se sienta o se arrodilla y empieza a meditar hablando con Dios o razonando sobre algún tema religioso, dándole vueltas, e intentando que ese diálogo inventado por mí, o esas reflexiones piadosas, vayan penetrando en mi alma y motivándola, de la misma manera que me dispongo a tomar una decisión, y a animarme a ser fiel a ella, cuando previamente tengo pensamientos que me van impulsando en esa dirección. Santa Teresa habla de este método de orar, y lo llama oración discursiva. Ella no es muy partidaria de él, pues a ella le era difícil concentrarse con esta técnica, y consideraba que a la larga esto cansaba la mente: ……..

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