Sí, ahí está la pandemia

Manos, Alberto Durero, 1508. Tinta sobre papel, Museo Albertina, Viena

Nuestra comunidad ha vivido unos momentos llenos de emoción al orar toda la comunidad, conforme se nos proponía a los carmelitas descalzos de la Provincia Ibérica, en un hondo clima de presencia de Dios, favorecida por la escucha de su Palabra y la de sus testigos, nuestros santos del Carmelo.

Sí, ahí está la pandemia, y con dolor le decimos a Dios que pase de nosotros. Sí ahí esta la pandemia, y con humildad le decimos a Dios que todo lo ordene para que podamos crecer en humanidad desde ella. Sí ahí está la pandemia, y con confianza le decimos que no nos deje. Sí ahí está la pandemia, y queremos ponernos en su manos. Hemos recordado a quienes sufren con dolor estos momentos y nos han comunicado su situación. Hemos querido abrir caminos de esperanza, abriendo nuestros corazones a una nueva primavera, y nos hemos unido a la Iglesia y al Papa orando con sus palabras. Nuestro lugar privilegiado no nos separa de nadie, nos une a todos. Nuestro lugar privilegiado quiere seguir siendo, cuando así se pueda, un lugar de encuentro, entre los hombres en la verdad y el amor.

F. Brändle

No pesará el cetro de los malvados sobre el lote de los justos

Cristo curando el paralítico, Murillo, National Gallery Londres

El salmo 124 me ha servido en más de una ocasión para mantener mi atención amorosa durante el tiempo de la oración. No podría imaginar que en esta ocasión la frase que se convirtió en clave para fijar esa atención amorosa, general, oscura fuera: “No pesará el cetro de los malvados sobre el lote de los justos”. Sí sabía que el lote de los justos, su heredad, era el Señor. Pero como tantas cosas cuando las queremos poseer de modo egoísta nos puede ser arrebatada. El cetro de los malvados se convierte en esa amenaza constante sobre lo que nunca nos podrá ser arrebatado: la comunión con el Señor, el lote de mi heredad. Sólo pesará sobre nosotros ese cetro, si lo que recibimos gratis queremos convertirlo en algo alcanzado por mí. Que me pertenece y que debo guardar celosamente.

                 Caí en la cuenta de las veces que he querido vivir mi relación con Dios, mi entrega al prójimo, de ese modo cerrado, que me hacía incapaz de descubrir la gratuidad de Dios, mi herencia, y la generosidad de mi entrega, nacida del amor de Dios. En esa oración silenciosa intuí hasta que punto nadie nos puede separar del Señor, y nadie puede cerrarnos el camino de una vida vivida en la caridad. ¡Qué grandeza la del hombre con tan rica herencia! ¡Qué grandeza la del hombre con tan fecunda vida! Cuando las circunstancias que atravesamos nos descubren la fragilidad de nuestra existencia, al tiempo que la llamada a los valores más altos, sin duda que la Humanidad podrá estar segura de que “No pesará el cetro de las circunstancias adversas sobre el lote de nuestras vidas salidas de las manos del Amado”

F. Brändle.

Dios mío, confío en tí

Cada domingo en la noche, cuando rezamos el Salmo 90, repito siempre con fuerza,  obedeciendo al salmista: “Refugio mío, alcázar mío, Dios mío, confío en tí”, Para escuchar después con devoción todos los beneficios que se derivan de este grito de confianza, entre ellos está: no temerás la peste que se desliza en las tinieblas, recordándome estos momentos que vivimos amenazados por el coronavirus.

Heinrich Hoffan, 1893 grabado

            Más allá de lo que significa el verse libre de este peligroso virus, pues me siento solidarizado con todos los que lo padecen, lo que sí me ha traído esta situación es descubrir que todas estas amenazas están por debajo, que se deslizan en la tiniebla, pero que el Señor está velando sobre todos los “pueblos”, porque esta por encima de todos ellos (Sal 112). Esta tarde orando con este salmo, podía descubrir que su luz ilumina ahora con fuerza sobre todo, pues los cielos, su morada, están en lo más alto de las miras de los hombres, que han vuelto a renacer en estos momentos de crisis. Sí, su gloria sobre los cielos, su luz sobre esta Humanidad amenazada, que vuelve a descubrir que sólo en la solidaridad y la comunión se encuentran los caminos de salvación.

En nuestro monasterio, siguiendo las indicaciones recibidas de las autoridades no recibiremos huéspedes, pero nuestro corazón estará cerca de todos aquellos que por esta causa no han podido estar con nosotros, pero también de todos los enfermos, de todos los que les cuidan, y de todos los que por esta razón, al igual que nosotros, permanecemos en nuestra casas. Aunque hemos de reconocer que en este sentido somos privilegiados, nuestra casa es un espacio lleno de luz y vida, al tiempo que de paz y silencio. Desde aquí  os recordamos.

F. Brändle

aviso COVID-19: Debido a la pandemia del coronavirus y en un ejercicio de responsabilidad individual y colectiva, la hospedería del monasterio estará cerrada hasta el 30 de marzo, fecha en la que se volverá a valorar la situación.

Debido a la pandemia del coronavirus y en un ejercicio de responsabilidad individual y colectiva, la hospedería del monasterio estará cerrada hasta el 30 de marzo, fecha en la que se volverá a valorar la situación.

Teresa de Jesús y la conversión

En este tiempo de Cuaresma recordamos con facilidad la gracia que tuvo santa Teresa en la Cuaresma de 1554, junto a la imagen de un Cristo atado a la columna, que produjo en su vida una profunda conversión. Ciertamente, fue la culminación de un largo proceso de búsqueda, que no paró allí, sino que la impulsó a un nuevo caminar siempre más hondo, siempre más ancho.

            ¿Qué conversión nos enseña santa Teresa?

Primero, me parece que podemos hablar de una conversión que nos hace poner la mirada en Cristo. Es, al mismo tiempo, una invitación a la centralidad en Cristo y a no distraernos de lo esencial. Con mucha facilidad nuestra mirada o se vuelve hacia nosotros mismos o se vuelve hacia los demás. Pero, no en el sentido bueno de la caridad, sino juzgando, con envidia, rencor, codicia… Si quitamos nuestra mirada del Maestro dejamos que se adentre en nuestra mente y nuestro corazón la obscuridad que ciega nuestros pasos. La conversión de santa Teresa es una conversión a Cristo, a mirarlo a él como único bien de su alma.

Segundo: la conversión que nos enseña santa Teresa es una conversión que nos hace ser solidarios con Cristo, que llena nuestro corazón de disponibilidad para compartir con él sus sufrimientos y cargar su cruz. Es una conversión que nos hace acoger la voluntad de Dios en nuestras vidas. Es también la conversión que nos permite contemplar el rostro sufriente de Cristo en nuestros hermanos que, como dice el papa, están en las “periferias de la existencia”.

Tercero: creo que podremos hablar de la dimensión eclesial y hasta humanitaria de la conversión teresiana. Sí: han pasado cinco siglos del nacimiento de Teresa de Ahumada y aún nos estamos beneficiando de su conversión. Quisiéramos que también nuestra vida tuviera un poquito de esa luz que irradia Teresa. Quisiéramos que aproveche a los demás todo lo que hemos recibido de Dios.

Pero, no queremos terminar esta meditación sobre la conversión de santa Teresa sin preguntarle cuál es el secreto de este hecho afortunado. En el Libro de su Vida, hablando de esta conversión escribe: “Porque estaba ya muy desconfiada de mí y ponía toda mi confianza en Dios”. La conversión sucede cuando ponemos toda nuestra confianza en Dios, este es el secreto.

Pidamos hermanos, hermanas, la gracia de vivir esta Cuaresma como proceso de conversión y pidamos la gracia de confiar totalmente en Dios.

Fray Emmanuel María

Cuaresma con santa Teresa

En Batuecas, dentro de la austeridad y sencillez que envuelve nuestra vida, nos unimos al espíritu de Cuaresma viviendo intensamente los textos que la liturgia de la iglesia nos propone, y quisimos que nuestra oración silenciosa se envolviera también en ese talante de espera en la resurrección a través de los misterios de la pasión, con lo cual decidimos el viernes ante una cruz que colocamos en lugar preferente, comenzar a vivir esos momentos contemplativos impulsados por unos textos de Santa Teresa que queremos ofrecer en esta página al lector:

Réplica del conjunto de Gregorio Fernández en procesión

 “Tenía este modo de oración, que, como no podía discurrir con el entendimiento, procuraba representar a Cristo dentro de mí, y hallábame mejor de las partes adonde le veía más solo. Parecíame a mí que estando solo y afligido, como persona necesitada, me había de admitir a mí. De estas simplicidades tenía muchas; en especial me hallaba muy bien en la oración del huerto, allí era mi acompañarle, pensaba en aquel sudor y aflicción que allí había tenido; si podía, deseaba limpiarle aquel tan penoso sudor; mas acuérdome que jamás osaba determinarme a hacerlo, como se me representaban mis pecados tan graves. Estábame allí lo más que me dejaban mis pensamientos con él, porque eran muchos los que me atormentaban. Muchos años, las más noches, antes que me durmiese (cuando para dormir me encomendaba a Dios), siempre pensaba un poco en este paso de la oración del huerto” (V 9,4)

            “Si estáis con trabajos o triste, miradle camino del huerto; ¡qué aflicción tan grande llevaba en su alma!; pues con ser el mismo sufrimiento no la dice y se queja de ella. O miradle atado a la columna, lleno de dolores, todas sus carnes hechas pedazos por lo mucho que os ama: tanto padecer, perseguido de unos, escupido de otros, negado de sus amigos, desamparado de ellos, sin nadie que vuelva por él, helado de frío, puesto en tanta soledad, que el uno con el otro os podéis consolar. O miradle cargado con la cruz, que aún no le dejaban hartar de huelgo, Miraros ha él con unos ojos tan hermosos y piadosos, llenos de lágrimas, y olvidará sus dolores por consolar los vuestros, sólo porque os vais vos con él a consolar y volváis la cabeza a mirarle” CP 27)

F. Brändle

Su Presencia

La iglesia recita los salmos unida a Cristo. Cristo se hace orante con ellos. Su petición sin duda fue, es y será  escuchada. Con estos pensamientos, repetía en mi oración silenciosa los versos del salmo 71: “que baje como lluvia sobre el césped, como llovizna que empapa la tierra” abierto a lo que pudieran revelarme sabiendo que era de Cristo de quien lo estaba diciendo, y que él lo pidió, lo pide y lo seguirá pidiendo. ¿Qué es esa lluvia que se desea caiga sobre el césped? ¿qué es ese césped que recibe la lluvia? Y pensé que cuando se siente tan dulcemente el caer de la lluvia sobre el césped no podía ser otra cosa que esa presencia gozosa de Cristo cuando comienza a alentar en su seguimiento a los hombres. Pedía que así lo sintieran y se dejarán alcanzar por Él, todos los seres humanos… ¿Y esa lluvia que empapa la tierra? Me parecía que era algo mucho más profundo, era llegar a identificarse con Cristo. El agua así absorbida me llevaba a pensar en que ello era llegar a alcanzar el “Cristo vive en mi” de San Pablo. Me parecía algo lleno de sentido saber que es Cristo, que es la Iglesia, cuya cabeza es Cristo quien recita este salmo y hace suyas estas peticiones. Sin duda este salmo 71 que se recita en tantas ocasiones nos abre horizontes llenos de luz a la hora de vivir nuestra fe.

F. Brändle