LLENA DE GRACIA

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Si tuviera que sintetizar en tres puntos los aspectos que más me fascinan de la vida de la Virgen María encontraría dificultad en hacerlo. No es una tarea fácil, ya que aquella que es “llena de gracia” es también llena de virtud y hermosura. Pero, como alguien que hace un dibujo despreocupado de precisiones apenas dando voces a la memoria afectiva escogí tres que ahora comparto con nuestros lectores.

Primero, su sencillez ¡Es el inicio de todo! La propia Virgen reconoce que Dios ha hecho obras grandes por ella porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava (Lc 1, 48-49). Si hay algo que atrae el corazón de Dios es una alma sencilla y humilde, pues esta es la única condición para que Él pueda hacer grandes cosas. Es en la vida de los más pequeños como mejor se manifiesta la grandiosidad de Dios.  Nuestra pequeñez no es un impedimento para que Dios realice su obra, sino al contrario, es lo que nos dispone para confiar totalmente en Él.

Segundo, es su actitud de plena apertura a la voluntad de Dios. Yo imagino a la joven María con su proyecto de construir una familia junto con su esposo José en la pequeña aldea de Nazaret y, quizá, tener muchos hijos, ya que para los judíos esta era la señal de la bendición de Dios. Como cualquier joven, María tenía sus sueños e ilusiones personales. Pero, ¿qué le sucede? Dios le llama para una misión mucho mayor: ser madre del Hijo de Dios y madre de la nueva humanidad. Dios no anula los sueños de la joven de Nazaret, sino que les permite vivir en una dimensión mucho mayor. Su apertura al querer de Dios ha permitido que su horizonte se ampliara a niveles inimaginables por ella. Dios no defrauda a María; la escoge para testimoniar grandes cosas.

Tercero. Me encanta entender la misión de María como la misión de toda la humanidad. La Virgen María delante de Dios representa todo el género humano que se abre a la acción salvadora de Dios. El “sí” de la joven de Nazaret es el “sí” de la humanidad y por tanto, su misión de hacer a Jesús presente en la historia de la humanidad, es también nuestra misión. Compartimos con ella la misma tarea de traer a Jesús en nuestro interior y comunicarlo a los demás.

Aquí dejo este texto como quien finaliza un dibujo consciente de que no ha acabado y que precisará madurar en la escuela de la vida para poder expresar mejor lo que intuye con el corazón.

 

Fray Emmanuel María

 

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La cumbre de mis alegrías

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Amiga/o, quienquiera que abras esta página web, bienvenido seas. Espero poder ofrecerte una reflexión sencilla, con la que compartir el silencio creador de este valle de Las Batuecas.

Envuelto en esa noticia amorosa con la que vivir los momentos de oración, consciente de que Dios tiene una Palabra que ha de resonar en mí en el silencio, comienzo a repetir aquella frase del salmo que acabamos de recitar en la liturgia. Sin recordar expresamente las invectivas de lo que me sucedería si me olvido de Jerusalén, empiezo a descubrir el sentido de ese recuerdo de Jerusalén, como nostalgia, o como anhelo, hasta el punto de que se ha de convertir en la cumbre de mis alegrías. ¿La cumbre de mis alegrías?

Con esa intuición por la que se me abre el contenido de una expresión y que no me aparta de la noticia general, oscura y amorosa que me envuelve, voy recorriendo alegrías que han de quedar por debajo de esta: el recuerdo de Jerusalén. Desde las más materiales: bienestar corporal, una comida que me agrada, hasta las más espirituales: conciencia de lo que Dios me regala, la conciencia satisfecha por la buena obra realizada…, nada me puede alegrar tanto como ese recuerdo de Jerusalén.

Y así vengo a caer en la cuenta de lo que ha de ser esa Jerusalén, de la que se me ha hablado, pero que he de esperar como cumbre de mi alegría. Salgo de mí y descubro el símbolo tan bello de una nueva humanidad en al que habita el Dios de nuestro Señor Jesucristo, siento que se me da esa esperanza, que purifica mis anhelos de salvación centrados en mí, en mis alegrías, y coloco en la cumbre de ellas esa visión de futuro que me descubre la nueva Jerusalén.

P. Francisco Brändle

ABANONARSE EN LA MISERICORDIA DE DIOS

Abandonarse en la misericordia

Cuando el recuerdo de mis pecados atormenta mi conciencia, una voz suave emerge en medio de la oscuridad invitándome a abandonarme en la misericordia de Dios, como única medicina para mis angustias. Dar oído a esta voz no es una manera de “anestesiar” la conciencia y negar mi condición humana de pecador, sino un medio fecundo de no detenerme en mí mismo y poner la mirada en Aquel que es el camino, la verdad y la vida (Jn 14,6). La contrición sincera de mis faltas se manifiesta por el deseo de hacer algo distinto de lo que he hecho. Yo sé que la fuerza para este cambio no se encuentra en mí mismo, no es un producto de mi esfuerzo, por eso procuro confiar en la gracia de Dios y abandonarme en su misericordia.

Ser consciente de mis debilidades me hace humilde y comprensivo con los demás. Una mirada más lúcida me hace reconocer que comparto con toda la humanidad la misma condición de fragilidad. Todo el mal que se halla en el mundo no es ajeno a mí, aunque en potencia, puedo encontrarlo en mí también. Está en mí, aunque adormecido, como un volcán. Yo sé que, si este volcán encontrase las condiciones necesarias, podría volver a la actividad y producir sus daños. Creo que Santa Teresa tenía plena consciencia de esta condición humana, por eso recomendaba en sus obras quitar las ocasiones que pudiesen llevar a ofender a Dios.

Cuando asumo como mío el pecado de la humanidad, a semejanza de Jesucristo que asumió nuestras faltas, entonces, abro la posibilidad de que todo sea redimido. Los padres de la Iglesia decían: “solamente lo que es asumido es redimido”. Jesús al asumir nuestra condición humana redimió toda la humanidad. Esta pequeña participación en el misterio redentor de Cristo no se da fuera de la dimensión de la cruz.

Quizá sea necesario, antes de cerrar esta crónica, esclarecer al amigo lector en qué consiste el pecado, ya que culturalmente lo hemos asociado a cuestiones morales, reduciendo su contenido a los deseos libidinosos. Podemos definir el pecado como una opción libre y consciente “a ser menos” de lo que hemos sido proyectados por Dios.  Por ejemplo: Dios ha proyectado que vivamos en libertad y, por el contrario, escogemos vivir como esclavos; Dios ha proyectado el amor y escogemos el odio… Por tanto, el pecado nos distancia de la plenitud para la cual hemos sido creados.

La única medicina para este mal sigue siendo la misericordia de Dios que, con su amor, consuma nuestras faltas y nos permite empezar de nuevo el itinerario de nuestra plenitud.

 

Fray Emmanuel María, OCD

 

 

 

Noticia general, amorosa y obscura

Noticia de Dios

Amiga/o, quienquiera que abras esta página web, bienvenido seas. Espero poder ofrecerte una reflexión sencilla, con la que compartir el silencio creador de este valle de Las Batuecas.

Espero poderte ofrecer en una serie de consideraciones sencillas lo que a lo largo de estos días me ha ayudado en nuestros momentos de oración. No son reflexiones, ni meditaciones, bien estoy convencido con San Juan de la Cruz de que habiendo recorrido los primeros pasos en el camino de la oración, que son de meditación, llega un momento en que debemos quedarnos en una noticia general, amorosa, aunque oscura. En ello estaba, pero no llegaba a descubrir como mantener esa noticia general amorosa, y al mismo tiempo tener recogida la imaginación, y demás sentidos.

Un buen día, seguro que fue el Espíritu Bueno de Dios, me hizo caer en la cuenta que no me separaba de esa noticia general y amorosa, si la vivía envuelto en alguna frase de un salmo que me hubiera llamado la atención. Fue así, como a lo largo de este período que llevo en Batuecas siempre busco y encuentro esa frase en la que envolver mi atención amorosa y general.

Así por ejemplo puedo leer: “yo mismo te engendré como rocío, antes de la aurora” (Sal 109,3), y comenzar a descubrir sin consideración alguna, la belleza de ser engendrado en la transparencia y belleza de la gota de rocío, antes de la aurora, más allá del tiempo, en el misterio de Dios. Sentir que mi vida ha tenido un origen tan singular no se descubre por muchas reflexiones en torno a mi venida a la existencia, sino en esta noticia general amorosa en la que se vive la contemplación.

 

P. Francisco Brändle

 

Sólo Dios

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Hace algún tiempo que he escrito en una pequeña piedra estas dos palabras “Sólo Dios”. La he puesto en mi ermita en un lugar visible a mis ojos, así continuamente puedo depararme con esta simbólica inscripción. La finalidad de estas palabras es conectar con el centro de mí ser, que me permitirá un hacer totalmente nuevo y luminoso. El centro del alma es Dios, decía San Juan de la Cruz. Para mí, vivir desde su centro más profundo significa dejarse ser impregnado por la divinidad hasta los lugares más recónditos de nuestra mente y de nuestro corazón. No es una tarea humana que se logre con nuestro esfuerzo o con un método meditativo, es mucho más, es un “dejar hacer”.

La toma de consciencia del absoluto de Dios en mí vida me predispone para acoger su continua presencia en los hechos más sencillos del día. También me ayuda a no detenerme demasiado en sentimientos negativos que perturban e inquietan el corazón. Estas dos palabras – Sólo Dios – me ayudan a ir más allá de mis intereses y gustos personales, me ayudan a poner los ojos en un horizonte mucho más elevado, que se va desvelando como único y verdadero horizonte de mi vida. Todas las otras cosas se tornan relativas y ganan sentido en su relación con él.

 “Sólo Dios” es un proyecto de vida que no excluye a nadie, sino que permite acoger al otro como un don, sin fijarse en la apariencia de sus límites y defectos, que pueden encubrir esta realidad última, pero jamás anularla o negarla. Aquí la relación no ocurre en el ámbito de la superficie, que es marcada por lo sensible, más desde la esencia de cada uno, desde de su centro profundo, que es Dios. Quizá este sea el gran reto de la convivencia humana: relacionarse desde su esencia y no fijarse en la apariencia y gustos sensibles.

Debo confesar que no siempre esta “simbólica inscripción” me conecta con esta realidad más honda. Algunas veces la afortunada piedra que lleva este escrito pasa a ser un objeto más entre otros que me cercan. Cuando lo redescubro entonces recuerdo lo que decía Santa Teresa: “es hora de empezar”. Y con un ardor jovial me hago consciente de este grande misterio del absoluto de Dios y susurro nuevamente: “Sólo Dios”.

Fray Emmanuel María

Transcender el tiempo

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Amiga/o, quienquiera que abras esta página web, bienvenido seas. Espero poder ofrecerte una reflexión sencilla, con la que compartir el silencio creador de este valle de Las Batuecas.

Vivir en el tiempo es condición de nuestra vida humana. Y el tiempo se describe haciendo uso de calendarios y relojes. Sabemos año, mes, día en que estamos, o bien por los relojes, sabemos calcular la hora del día, ya de modo muy sofisticado de horas, minutos y segundos, dejamos ya el hacerlo por vigilias en la noche, o por los momentos del día, mañana, mediodía, tarde, hora prima, tercia, sexta, nona…, lo que ahora quiero compartir contigo, amigo lector, es de nuevo una experiencia a la que invita este valle.

Batuecas nos ayuda a vivir el tiempo más allá del calendario impreso, o ya encontrado en nuestra aplicación del móvil, y a contar las horas del día más allá del reloj que las señala. Quien puede pasar por aquí en las distintas estaciones del año puede dejarse impresionar por las tonalidades que adquiere el color de la naturaleza en cada estación, la luminosidad tan distinta de un día de verano a un día de invierno, otoño o primavera. Sí, son distintas las claras mañanas de invierno de las del verano. Contemplar los tonos rosados de las montañas en el atardecer del verano. Los olores de la primavera al pasar por los distintos árboles o plantas, los colores del otoño… Todo ayuda a percibir el tiempo de un modo vivo, y no en la fría fecha del calendario.

Pero lo que aún me ha sorprendido más en la vida que se puede llevar en este valle es que también se puede marcar las horas de un modo más vital que con un simple reloj. Sí, se puede trascender el reloj si los momentos se encuadran en un espacio armonioso del tiempo. Basta recordar el momento de abrirse el día y el de su cierre. Espacio que se abre no sólo para tener que hacer algo en una hora determinada, sino para cultivar esa presencia del misterio que nos envuelve en su Amor, y que se transforma en luz que abre la jornada, o luz que se encierra en el interior al concluirla. La experiencia de que así puedo llenar mi tiempo, me hace sumergirme en un ámbito que se mide más allá del tiempo, y en el que todo se hace con esa dimensión trascendente.

P. Francisco Brändle

Contemplación en el mundo

contemplación en el mundo

Obra Máxima

Tomo una revista en las manos, empiezo a leer, y muy pronto emergen sentimientos de indignación y revuelta. El tema es la controvertida cuestión de los refugiados, que ya ha se tornado un drama humanitario, aunque las autoridades competentes no lo asuman. La indignación da paso a la razón, que desea comprender mejor la cuestión. Los factores son múltiples, complejos y, sobretodo, desoladores, ya que apuntan a un sistema inhumano, cuyas reglas son determinadas por la economía.

A un contemplativo, este caos en que nos hemos metido, hace mover las entrañas; en su silencio parece escuchar el clamor de tantas voces, algunas ya silenciadas por la muerte trágica en la travesía del mediterráneo, pero que siguen clamando por justicia. No es fácil contener las lágrimas frente al absurdo de la maldad humana. Quizá sea en el corazón del contemplativo donde el contraste entre la luz y las tiniebla se haga más nítido.

Él se une místicamente a tantos hermanos y hermanas que sufren, no tiene cómo poner fin a este fratricidio, se siente pobre e incapaz. Su impotencia frente al sufrimiento no le sumerge en la desesperación, sino que le da una mirada llena de confianza en Aquél que creó y sostiene todas las cosas. Así la indignación se torna plegaria; su vida, una ofrenda; su silencio, un grito.

Mientras bosquejo estas palabras con la finalidad de sensibilizar sobre este drama humanitario, crece en mí la certidumbre de que la contemplación se hace con los ojos abiertos, en la realidad que nos rodea, en dialogo con nuestros contemporáneos, compadeciendonos del sufrimiento ajeno y llenando el mundo de esperanza.

 

Fray Emmanuel María