EN MEMORIA DE SANTA TERESA DE JESÚS. 15 DE OCTUBRE

 (Ofrecemos a nuestros lectores esta honda reflexión del carmelita descalzo, P. Daniel de Pablo Maroto, al conmemorar el pasado 15 de octubre su fiesta)

Santa Teresa por José de Ribera, Museo de Bellas Artes, Valencia

La muerte de santa Teresa de Jesús un 15 de octubre de 1582 me sugiere las siguientes reflexiones. Quien piense que los santos son felices porque Dios se les revela, es el médico que sana su cuerpo y su espíritu, les da éxito en la vida, etc., les pido que borren de la mente ese cliché porque es falso. Más bien, sucede todo lo contrario: que a los santos Dios les concede no las glorias mundanas, sino ser imitadores del “crucificado” Jesús de Nazaret. Esta es la lección que nos enseña la hagiografía cristiana y los mártires de nuestro tiempo.

Esta historia les parecerá una acción injusta a los increyentes o a los fieles devotos que creen que la fe en Dios es un paraguas que les protege de las inclemencias de la vida, la enfermedad, la pobreza, la falta de trabajo, etc. Pero es la ley de la Providencia, cuyos caminos “no son nuestros caminos”. Es posible que el silencio de Dios escandalice a los débiles en la fe, pero enamora a los escogidos para una misión especial en la Iglesia.

 San Juan de la Cruz escribe a los que creen en el Dios-tapa-agujeros, que se puso de moda en el postconcilio: “Él (Dios) está sobre el cielo y habla en camino de eternidad; nosotros, ciegos sobre la tierra y no entendemos sino vías de carne y tiempo” (Subida del Monte Carmelo, II, 20, 5). Y algo más grave todavía, como defensor de la fe desnuda de apegos “No es de condición de Dios que se hagan milagros, que, como dicen, (¡!), cuando los hace, a más no poder los hace” (Subida, III, 31, 9). Pero nuestro Dios, que permite la cruz, compensa con los dones del Espíritu Santo: la paciencia y la fortaleza para soportar la prueba.

Teresa de Jesús fue un ejemplar de mártir, “elegida” por Cristo para realizar en la Iglesia, y en la civilización occidental, una obra de gigantes, aun siendo una mujer Hoy, en el día aniversario de su muerte, recuerdo a los lectores su experiencia del martirio cotidiano, su “noche purificativa” y martirial, como ella misma confiesa: “Yo conozco una persona que, desde que comenzó el Señor a hacerla esta merced que queda dicha, que ha cuarenta años, no puede decir con verdad que ha estado día sin tener dolores y otras maneras de padecer, de falta de salud corporal […]. Yo siempre escogería el del padecer, siquiera por imitar a nuestro Señor Jesucristo” (Moradas, VI, 1, 7).

Cuando la Santa escribe esta página en 1577 tiene 62 años; hace “cuarenta años”, como dice ella, tenía 22. ¿Qué sucedió, a esa edad, en la vida de la monja recién profesa en el convento de La Encarnación? Lo que ella misma confiesa y confirman los testigos en los Procesos de beatificación como oído a las monjas del convento: había una monja que padecía una “grandísima enfermedad, y muy penosa” y lo sufría con paciencia, y Teresa pidió a Dios que “le diese las enfermedades que fuese servido”, siempre que, al mismo tiempo, le concediese la misma fortaleza para aceptarlas. Según su confesión, Dios aceptó su ofrenda y desde entonces en su vida sufrió toda clase de enfermedades (Cf. Vida, 5, 2). Sé que es una razón que la medicina científica no entiende, pero este es el hecho histórico y verdadero.

Descendiendo a la realidad de su vida, constatamos que lo escrito corresponde a la vivencia de las “noches pasivas del espíritu” previstas por san Juan de la Cruz, mucho más abundantes y dolorosas en los que recorren el camino espiritual hasta la santidad. La Santa Doctora lo ha experimentado casi en la cumbre del camino, como lo describe en las Moradas VI. En esa “noche” experimenta un cierto abandono de Dios, siente y sufre su silencio “en lo interior del alma”, como si estuviera en el “purgatorio” (¡!). Tiene una sensación o experiencia de una inmensa soledad porque “criatura de toda la tierra no la hace compañía”, es casi como una muerte del alma. Es la noche que sufre el alma antes de pasar a las Moradas séptimas (Cf. Moradas, VI, 11, 3-12).

Lo que describe en las Moradas son jirones de la propia alma, “noches oscuras” que está viviendo mientras funda conventos, llorando de pena mientras arrastra su cuerpo enfermo y por no poder misionar para “salvar almas” por ser mujer; sufriendo las inclemencias del tiempo y los obstáculos de las autoridades civiles y eclesiásticas; la angustia por la falta de los dineros que no llegan; la persecución o incomprensión de los buenos, etc. “Noches oscuras” tenuemente iluminadas por “los levantes de la aurora”, soñados por Juan de la Cruz.

La madre Teresa soportó también la “noche” oscura al final de su vida, desde que salió de Ávila para la fundación de Burgos un 2 de enero de 1582, en pleno invierno de la meseta castellana. Ella, enferma de gravedad, tiempo hostil, con fríos y lluvias hasta impedir el paso por caminos embarrados; recepción displicente por parte del arzobispo que creía amigo y permisivo; larga espera de la licencia; penuria de vida de la comunidad que hacía sufrir a la Fundadora; abandono del único apoyo que le quedaba, el provincial P. Gracián. Y, por fin, la fecha de la inauguración el día 19 de abril de 1582.

Se hizo también “noche oscura” en el camino de retorno a su querido convento de San José en Ávila, donde esperaban las monjas hambrientas de pan y de presencia de la Madre. Meditaba en el camino las cosas que le quedaban por hacer y le hacían sufrir porque sentía que se le iba agotando la vida: la soñada fundación de Madrid; resolver los líos de la compra de la casa de Salamanca; sosegar el ánimo de algunas prioras medio rebeldes a la autoridad de la Fundadora y del Provincial. Y, al llegar al soñado descanso de sus conventos de Valladolid y Medina, rota por la enfermedad, se encuentra con unas prioras que descargan sobre ella antiguas rencillas. Días y noches de dolor. Y en Medina, la autoridad, quiebra el deseo de volver a Ávila, pero pasando antes por Alba de Tormes.

Y allí descansó para siempre en la noche del 4 de octubre de 1582, siendo al día siguiente, por capricho del calendario, día 15, quizá simbolizando que la “noche” oscura anunciaba y se convertía, por la muerte de una Santa, en una noche  “en pos de los levantes de la aurora”, como glosó también san Juan de la Cruz. Murió tranquila, “hija de la Iglesia”, recordando sus pecados, esperando con gozo que iba a ser juzgada por aquel a quien había amado apasionadamente y que le decía: Entra en el gozo de tu Señor. ¡Descansa en la paz de Dios Andariega, Doctora de la Iglesia y Heraldo de Cristo!

P. Daniel de Pablo Maroto

SANTA TERESA DE JESÚS – DOCTORA DE LA IGLESIA

Una Santa que no es ajena a las realidades del mundo

Ofrecemos a quienes nos visitan, un extracto de algunas de las reflexiones del carmelita descalzo P. Daniel de Pablo Maroto, con ocasión del cincuentenario de su proclamación como Doctora de la Iglesia

Teresa de Jesús por Fray Juan de la Miseria, Sevilla

Existe la creencia, no sólo entre el pueblo, sino entre algunos intelectuales, de que los santos, especialmente los místicos, viven en un mundo de ilusiones, irreal, ensimismados en la Divinidad con sus éxtasis, visiones o locuciones. Nada más contrario a lo que acontece en Santa Teresa de Jesús. Ella tuvo dos momentos cumbres de “experiencia mística” que ella define como “desposorio” y “matrimonio” espiritual. Se sitúa el primero en torno al año 1556, la “conversión definitiva”, cuando oyó en su interior: “Ya no quiero que tengas conversación con hombres, sino con ángeles” (Vida, 24, 4-8). El tema lo expuso en las Moradas sextas. Y el “matrimonio”, noviembre del 1572, siendo priora de La Encarnación (Cuentas de conciencia 25, 18 de nov.), tratado en las Moradas séptimas.

Su experiencia de la Divinidad la vivió en la interioridad pero se manifestaba con frecuencia en “fenómenos” somáticos, las más visibles son los “éxtasis”, pero no pertenecen a la esencia del misticismo. Es la expresión más profunda de la capacidad amorosa del ser humano, la que llena los vacíos que pueden dejar el sufrimiento, las cruces sufridas. El modelo y el espejo en que se miran es el Crucificado Jesús del que los místicos se enamoran.

Este apasionado amor experimentado en la unión con Dios no sólo no aliena a los místicos, sino que enriquece sus facultades mentales para entregar, con la misma pasión, la vida a sus hermanos los hombres. El ejemplo de Santa Teresa elimina toda duda el respecto como conocen bien los lectores de sus Obras. Pocas personas místicas – ellas y ellos- han tenido un experiencia de la Divinidad tan profunda; y, al mismo tiempo, que se hayan integrado tanto en los quehaceres “materiales”, en los “negocios y dineros”, afirmando que lo “temporal” ayuda a lo “espiritual” (Visita de descalzas, 2 y 10). Como prueba de la integración en la vida selecciono algunas de sus actuaciones, y no perdamos de vista que su preocupaciones “materiales”, acciones y consejos se integran en la vida cotidiana.

Por ejemplo cuando su hermano Lorenzo pensó volver a España desde Las Indias el año 1570, un viaje frustrado, se preocupó de que sus dos “niños” residieran en Ávila, mejor que en Toledo, para estudiar gramática en el colegio de los jesuitas, y después, si lo desean, en los dominicos de Santo Tomás, filosofía y teología (Carta a Lorenzo de Toledo a Quito, 17-1-1570 n.8).Intervino también en la búsqueda de un “paje” como signo de señorío en Las Indias, que les acompañe en el colegio, pero juzga que no es conveniente el uso de “Don” como parece que se acostumbraba en América por la categoría social de su padre.

Por otra parte, resulta curioso para un lector moderno ver a Teresa, monja de clausura y fundadora de conventos con fama de mística y santa, hacer el oficio de “casamentera” de su sobrino Francisco, primero con una joven de Segovia, sin éxito y después sufriendo las impertinencias de la madre de su nueva esposa en Valladolid. Y, finalmente, tuvo que hacerse  cargo de una niña, hija de una relación extramatrimonial de Lorenzo (hijo), joven “travieso” que marchó a América en busca de la fortuna de su padre, y Teresa se ocupa de ella pero le dice que envíe dineros para su alimentación hasta ver que dispone Dios en el futuro.

También sorprendemos a nuestra Santa recomendando a los grandes de este mundo a algunas personas de su entorno familiar o de sus amistades. Por ejemplo, recomendó a su sobrino Gonzalo, hijo de su hermana Juana, como paje de compañía, nada más y nada menos que al duque de Alba, contactando primero con la mujer del secretario Juan de Albornoz y pidiendo la mediación de la misma duquesa (Carta a Doña Ines Nieto 31-X-75, nn 1-2). Entrañable, por puro agradecimiento, me parece la petición a don Álvaro de Mendoza, obispo de Ávila, para que conceda a don Gaspar Daza, mal consejero en sus primeras experiencias místicas, pero defensor de la comunidad de San José, una canonjía (Carta al mismo de  primeros de agosto 1577) Otras añade el autor, e indicando que son muchas más las que se podrían traer. (cfr articulo completo en la web, página de la rueca a la pluma).

Para concluir, recordaría su constante preocupación de las enfermedades de sus hijas e hijos, de sus amigos y amigas, de sus penas y alegrías, sugiriendo remedios caseros para sus males como una consumada enfermera o doctora, apelando a los consejos recibidos de los especialistas o fiándose de su propia experiencia.

Termino recordando una de sus preocupaciones más arduas y duraderas que sufrió la mística Teresa en los última etapa de su vida y que indica, una vez más, su integración en la vida de cada día: la defensa de su obra de fundadora, su Reforma del Carmelo en peligro de perecer atacada por los padres calzados con la colaboración del nuncio Felipe Sega. Para ello acudió, con respeto y atrevimiento, al mismísimo Felipe II, aconsejando a los frailes lo que tenían que hacer, principalmente pedir al Papa la concesión de una provincia independiente de los carmelitas de España. Fue la primera en proponer el remedio y lo consiguió.

Esta es Santa Teresa, la excelsa mística, extasiada ante la Divinidad,  pero pisando firmemente la tierra como “encarnada” en ella, modelo de humanismo cristiano.

Daniel de Pablo Maroto, ocd

El Señor Es Grande

Me sorprendí orando con dos versículos de salmo 134: “Yo sé que el Señor es grande,” “todo lo que quiere lo hace”, y su sentido se me iba abriendo a contenidos que en su simple lectura no había llegado a descubrir. Ciertamente nunca hubiera dudado de la afirmación “el Señor es grande”, pero lo hubiera dejado en una inmensidad y grandeza que difícilmente me interpelaba. El lo podía contemplar grande; pero en su cielo. En estos momentos comencé a descubrir que su grandeza me envolvía, que sus dimensiones, no eran de lejanía en espacios infinitos alejados de mí, sino en su entrañable cercanía que me envolvía, como lo envolvía todo. En ello estaba su grandeza, su inmensidad. Así tan cerca, su grandeza no era el fundamento de un poder caprichoso que lo que quiere lo hace. Me pregunté entonces que es lo que quiere hacer de mí, estando tan cerca, Me pude percatar que no me envolvía amenazándome con su poder arrollador, sino con su poder transformador. Que su voluntad no podía traducirse en un poder omnímodo y amenazador, sino la fuerza de un poder que acaba transformando por amor. Me abrí entonces a ese querer de Dios, para nosotros, para mí. ¿Cómo se haría presente su poder en estos momentos que estamos atravesando?. Sólo estando ahí con su grandeza su querer se traducía en abrir el corazón de todos y cada uno a aquel amor con el que Él puede transformarnos, hacernos aquello que Él verdaderamente quiere desde su amor siempre presente por su grandeza: superar las pruebas de la historia desde la maduración y el crecimiento. No desde el castigo o el aniquilamiento.

F. Brändle

Magnificat

William Bouguerau, 1899

“Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre” (Sal 33,4). Al leer estas palabras del salmo quise asociar a mi oración a cuantos me rodeaban, lo hice de corazón, pero veía que la grandeza del Señor a la que yo podía invitar a los demás a cantar conmigo distaba mucho de su verdadera magnitud. Tampoco podía llegar a descubrir cómo ensalzar en verdad su nombre, tal y como merece ser ensalzado. Es entonces cuando recordando el “magnificat” me asocié, uniendo a todos los que me rodeaban, a la oración de María. Ella sí que recordando estas palabras del salmo, me invitaba a unirme a su alabanza a quien había hecho obras grandes, a ensalzar a aquel cuyo nombre es santo. Desde su humildad y pequeñez, María nos invita a toda la humanidad a asociarnos a su canto, a proclamar con ella la grandeza del Señor y a ensalzar su nombre, y hacerlo en su verdadera medida. Con María se hacen verdaderos los deseos del salmista, cuando pronunciadas por ella estas palabras: “Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre”, nos invita a todos a unirnos a cantar el “magnificat”.

F. Brändle

“Te invoco de todo corazón”

Jesús entre los doctores, Alberto Durero, 1506. Museo Thyssen, Madrid

En la mañana del sábado,  la iglesia nos invita a rezar el salmo 118,145-152. En este fragmento del salmo encontré los dos versículos que me ayudaron en mi oración. Comencé repitiendo: “Te invoco de todo corazón”. Me preguntaba si sería capaz de hacerlo. Porque todo el corazón no sabría ponerlo si El no me ayudaba. Y vinieron a mí del mismo salmo estas palabras de otro versículo: ”Tú Señor estas cerca”. Uní los dos versículos. Me parecía que no siempre había sentido al orar al Señor tan cerca. Lo colocaba lejos, arriba, en un lugar no tan cercano, y mi invocación se me hacía también una llamada a alguien lejano. Cuando fue entrando en su presencia cercana, puede ver como el corazón se abría del todo, pude comprobar que sí, así era posible invocar con todo el corazón. Y acabé pidiéndole que se hiciera cercano a todo hombre que vive en este mundo. Que todos pudieran sentirle cerca. Que sólo así, no hablando de un Dios lejano, que acaba siendo un Dios que no es, se convertiría en Jesús, el Dios con nosotros, el que no buscamos ya arriba, lejos, sino inundando la historia y la creación con su presencia amorosa que nos alcanza por Jesús resucitado. Di gracias, una y mil veces, por haberme ayudado a invocar con todo el corazón, porque Él estaba cerca, estaba ahí, siendo el centro de mi vida.

F.Brändle

“Que todas tus criaturas te den gracias, Señor” (Sal 144)

Al leer esta sencilla proclamación de un deseo, expresado así por el salmista, me inundó de pronto la consideración de qué sería esta totalidad de las criaturas… Todas, todas… y en una sola voz. Era el universo, en su totalidad el que me abría la conciencia a  una experiencia de la creación en consonancia con lo que el Papa nos alienta a vivir en su encíclica “Laudato Si”. Hemos de volvernos a la naturaleza, no como meros observadores, menos aún como dominadores, sino como inmersos en ella con esos sentimientos de gratitud, de ofrenda graciosa de cuanto soy y tengo a quien quiero agradecer lo que de Él recibo. Hemos emprendido en Batuecas la restauración de alguna ermita de las dispersas por el valle, en las laderas del monte, con la seguridad de que quien en ellas pase unos días tendrá que vivir esta experiencia de comunión con la creación. Será una vuelta no a la forma de vida primitiva que vivieron durante más de ciento ochenta mil años los seres humanos, sino a la conciencia de comunión con la creación en la que necesariamente habían de vivir. De la naturaleza recibían los alimentos, en ella crecían sin más abrigo que una cueva… Ha sido el cultivo de la tierra, la abundancia de frutos, aunque no siempre bien repartidos, la que ha hecho innecesaria esa comunión tan profunda con la naturaleza y nos ha recluido en las ciudades, donde hallamos sustento y cobijo al margen de esa naturaleza que nos rodea. Por ello al repetir una y otra vez, que “todas tus criaturas te den gracias” me veía inmerso en ellas para con ellas hacer brotar en mí esos sentimientos de gratitud, al Señor, “Amado” que todo lo plantó.

F. Brändle

UNA CIUDAD EN LA CIMA DEL MONTE

El domingo primero de Septiembre, estando de retiro espiritual con un grupo,  los Padres Carmelitas me invitaron a presidir la Eucaristía en el templo del Desierto de san José de Las Batuecas. Ese díael evangelio nos regalaba unas palabras luminosas: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.

Estábamos allí, reunidos en el nombre del Señor, la comunidad contemplativa del valle, los huéspedes del monasterio y algunos turistas a los que se les permite acceder al recinto y  participar en la misa. Se palpaba en el ambiente que la palabra del Señor es verdadera. Bastó un toque de silencio para tomar conciencia de que Dios estaba en medio nosotros. A pesar de la distancia social y las mascarillas que impone el momento, se podía sentir la unidad de todos en el mismo amor.

La liturgia de la palabra insistía ese domingo en la corrección fraterna. Es tarea profética, dura y difícil la de poner al otro frente a su pecado. “Si tu hermano peca contra ti, repréndelo a solas. Si te hace caso has salvado a tu hermano”.  Corregir no es afear la conducta, es acompañar en el discernimiento espiritual, valorar si una vida es adecuada a los planes de Dios. Eso sí, todo se ha de hacer con mucha humildad y amor. “El  amor no hace daño”, decía san Pablo en la segunda lectura.

¿Cómo ejerce una comunidad contemplativa la corrección fraterna?, me pregunto. No me refiero ahora a la vida interna de la comunidad, corrección entre los monjes, sino en relación al mundo. La respuesta a esa pregunta se me antoja simple: una comunidad contemplativa reprende y corrige al mundo siendo ella misma sociedad de contraste, punto de referencia de valores sociales. “No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte”, y tampoco se oculta al mundo una comunidad luminosa. Con la sola presencia de los monjes el valle se hace luz divina y profética. 

Luz divina y profética. Aunque hay quienes se empeñan en negarlo, mística y profecía van unidas; no puede haber profetas sin experiencia mística, ni místicos verdaderos que no sean profetas. La sola presencia de una comunidad monástica es signo profético en medio del mundo. Con su vida centrada en Dios, su amor a los hermanos de comunidad y sus brazos abiertos a huéspedes y visitantes, los monjes anuncian en silencio y desde el silencio que el Reino de Dios está aquí, en medio del mundo, que Dios está ahí donde te encuentras con ellos.

¿Qué buscamos en Batuecas los que acudimos al lugar? De un modo más o menos consciente todos buscamos a Dios y ahí se nos da la oportunidad de conocerlo. El entorno paradisíaco, la cercanía anónima de quienes se ejercitan contigo en el silencio, la presencia orante y servicial de los monjes, que como la figura del Amado en el Cántico de san Juan de la Cruz, visten de hermosura el lugar. Si cierras los ojos percibes que son ciertas las palabras de Saint Exupèry: “Lo más hermoso del desierto es que en algún lugar oculta un pozo”. En este caso el pozo es el monasterio y todo lo que significa la vida monástica; de este pozo mana el  Agua pura.

La sola presencia de la Comunidad, “sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz”, pregona la Presencia del Misterio en Batuecas. Y no sólo anuncia el amor de Dios, también ejerce con ternura y suavidad la misión profética de denuncia. La existencia de un espacio de bondad compartida es ya una llamada a la conversión. El hecho de poder ver con tus ojos una comunidad fraterna basada en la práctica de la acogida incondicional, la sencillez de vida y la fascinación por la belleza del Reino de Dios, pone en evidencia la desorientación de un mundo caracterizado por el narcisismo y el culto a la productividad, de una humanidad que vive con prisas por llegar a ninguna parte y se aferra a una libertad engañosa que hace del “me apetece” una jaula de oro.

A las comunidades contemplativas se les suele acusar de inacción, de ser poco prácticas, de no servir para nada. En un contexto social donde se idolatra el “hacer”, es difícil lograr ver que la verdad está en el “ser”. Lo verdaderamente importante no es lo que hago sino lo que soy. ¡Cuántos hermanos vienen a este monasterio para encontrar su propio ser! Aquí hallan el ambiente adecuado para hacer un viaje interior hacia su propia identidad.

Batuecas y su comunidad contemplativa son un sacramento, un signo y lugar de encuentro humano y divino; a pesar de estar físicamente en una hondonada es una ciudad colocada en lo alto de un monte. (Mt 5,14); desde la cima espiritual que es, alumbra a quienes en la noche le tienen como punto de referencia para no perderse en el camino. Atraídos por el desierto,  personas con diferentes sensibilidades se acercan a esta ciudad esperando encontrarse a sí  mismas. En el  aire limpio, las aguas claras y los bosques frondosos no es difícil a cada uno descubrir su ser natural, su centro  y su sitio en el mundo. Aquí es fácil sentir la mirada de Dios deleitándose en ti, deleitándote en Él  y sosteniéndote en la noche.

¡Doy gracias a Dios y doy gracias a la comunidad de Batuecas! Gracias porque entre vosotros se respira Espíritu; sois profetas en un desierto que anuncia la llegada de algo nuevo,  presencia y mirada del Amado para cuantos se acercan buscando un cambio en sus vidas. Sólo con estar aquí gritáis a todos que otro mundo es posible. El hecho de que tantos vuelvan una y otra vez al lugar es signo de que estáis en  el buen camino. Gracias.

Casto Acedo. Sacerdote. Mérida (Badajoz)

Beber del Torrente

En el rezo de vísperas cada domingo en la tarde me llena de gozo poder vivir esa entrañable experiencia que cada judío buscaba vivir al contemplar a su rey recitando el salmo 109 (vv. 1-5, 7). Como creyente el Cristo esas palabras del salmo las vivo en mi oración contemplándolas en Cristo. Todas me abren horizontes de comprensión que van más allá de lo que puedo imaginar al leerlo. La victoria sobre los enemigos, el estar sentado a la derecha del Padre, el haber sido engendrado antes de la aurora…. Hoy me quiero detener en el último de los versículos que se leen: “en su camino beberá del torrente, por eso levantará la cabeza”. Su camino no es otro que el que vive como verdadero hombre, su camino ha querido hacerse en el tiempo y en el espacio para que yo también aprenda a beber del torrente, para que en mis búsquedas para encontrar la fuente que mana y corre,  para llegar a encontrar lo que me haga verdaderamente humano, no dude, pues será bebiendo del torrente de vida y sepa que es el que se me ofrece al abrirme a Dios, a su Misterio. El resultado no se hará esperar, es una consecuencia inmediata, “por eso levantará la cabeza”. El sentirme abatido, sinsentido, nunca tan humillado y abajado, como lo fue Jesús en la cruz, y sin embargo, levantó la cabeza, resucitó. Con mi fe en la resurrección afirmo que todo camino humano que se hace bebiendo del torrente, de la fuente que mana y corre, acaba en vida y resurrección.

F. Brändle

“Aunque crezcan vuestras riquezas, no les deis el corazón” (Sal 61,11)

Dorotea Lange, Madre migrante, EEUU 1936

“Aunque crezcan vuestras riquezas, no les deis el corazón” (Sal 61,11). Me parecía al leerlo, recitando el salmo, que una afirmación así nada tenía que decirme para vivir unos momentos de oración contemplativa. Algo me decía que no lo desechara tan fácilmente, y comencé a repetirla con calma, haciendo silencio. No hubo que hacerlo muchas veces. Pronto se me iluminó mucho más de su contenido, que encerraba mucho para mi vida, si quería que Dios entrase en ella a través de una verdadera contemplación. Sí, esa infusión amorosa de Dios no me sería fácil vivirla si no caía en la cuenta de lo que supone dar el corazón a las riquezas cuando estas crecen, supliqué al Espíritu que me invitaba a repetirla que me mostrara más la verdad de este aserto tan simple, y vine a caer en la cuenta de que en mi vida doy y puedo dar el corazón a muchas riquezas que crecen a lo largo de ella. Mis éxitos, mis conocimientos, mis obras buenas, todas pueden crecer como riquezas, y yo darles el corazón, pensando que es algo bueno, que Dios me regala. Me sentí abierto a un modo nuevo de entenderlo. Sí, ahí están las riquezas que crecen con el devenir de la vida, pero ellas no pueden llenar mi corazón, ni mucho menos convertirse en algo para lo que vivir. Repitiendo la frase le fui pidiendo al Señor que pudiera vivir lo que se me decía en esa frase. Que el Espíritu me liberase de poner el corazón en todo aquello que me parecía ser justo y bueno y por ello digno de darle mi corazón; que consciente de lo que podría ser un aumento de saber, de virtud, de aprecio por parte de los otros, pues así puede normalmente suceder, de tal manera lo viviera que no me robara el corazón. Es así como me abriría a la verdadera contemplación, a la atención amorosa, que cultivada en la oración, se vive en todo, libre ya de darle el corazón a cuanto me acontece enriqueciendo mi vida.

F. Brändle

¡Desde lo hondo a ti grito, Señor! (Sal 129)

 ¡Me hace resplandecer tu belleza y tu bondad!

Hoy, en mi oración por la mañana, me detuve en los versos del salmo ciento veintinueve y, aunque el rezo siguió con otros salmos e himnos, mi corazón se quedó allí. Estos son los momentos en los que el cuerpo se queda silencioso, haciendo lo que la gente del entorno espera que haga, para no llamar la atención sobre lo que ocurre en su interior. Pero, el alma se pone a viajar y el corazón se ensancha de alegría como si descubriera la fuente del agua viva.

¡Desde lo hondo a ti grito, Señor!… decía muchas veces, todavía sin llegar a traspasar el misterio oculto de estas palabras que en aquella mañana me fascinó. Sin duda, era una oración existencial que expresaba no sólo el sentir del salmista, sino el de todo ser humano que experimenta su propia fragilidad. El velo que cubría estas palabras del salmo solo aumentaba el encanto que producía en mi alma. El día transcurrió como uno de tantos, aunque a veces como un viento que se pone a mover todo lo que está en su entorno, así el simple recordar de las palabras: “desde lo hondo a ti grito, Señor”, ponía en movimiento mi sed de plenitud.

Estas palabras que desde la mañana me producían tal atracción, ahora al caer la tarde se llenaban de sentido. Pero, no llegué a esta iluminación solo, me ha ayudado un abuelo que todos los días pasaba por la iglesia para hacer un rato de oración. Hoy mirándole percibí que sus ojos estaban fijos en los vitrales, donde el sol realzaba sus colores y hacía de las imágenes una verdadera preciosidad. ¡Quedé maravillado! Pero, en la medida que el sol se ponía, las vidrieras se quedaban opacas y hasta oscuras.

El anciano, viendo este espectáculo, añadió unas breves palabras, que en mí corazón resonaron como una enseñanza divina. “Mira”, decía él, “la belleza del hombre que deja que el sol divino se refleje sobre él. Pero, ¿te has dado cuenta de lo que es el ser humano sin Dios? La belleza y la capacidad que hay en él se quedan oscuras y sin atractivo con la ausencia de la luz divina”.  Estas palabras me permitían entender mejor el salmo que por la mañana había rezado.

Entonces, repetí con calma: ¡Desde lo hondo a ti grito, Señor! Mi clamor ahora se llenaba de sentido. Necesitaba de Dios para reflejar una belleza que llevo oculta en mí, pero que sólo la luz divina es capaz de poner en evidencia. En aquella iglesia, al caer la tarde, al mirar aquellos vitrales ya sin color, entendí algo de mí, de mi pobreza y fragilidad. Comprendí que soy incompleto, que no soy todo lo que soy llamado a ser sino al dejar pasar la luz de Dios a través de mí.

Por esto, terminé mi día haciendo una oración al Dios siempre nuevo, que me ha permitido bucear en el hondo de mí ser para entender la necesidad que tengo de Él.

Dios, Tú que eres siempre nuevo,

Que me hablas de muchos modos y maneras,

Que me sorprendes y encantas,

Desde lo hongo a ti grito, Señor

Como un niño reclamando la presencia de su madre,

A espera de su protección y aliento

Me hace resplandecer tu belleza y tu bondad

No me dejes en la oscuridad de la vida

Pues sin ti, no sé vivir

Sin ti, no soy nada.

Dios, Tú que eres siempre nuevo,

Hazme también una persona nueva. Amén.

Fray Emmanuel María