Les diste a comer llanto

Lágrima de san Juan en la ¨Deposición de Cristo¨ , de Rogier van der Weyden, El Prado, Madrid (1399/1400?-1464)

“Les diste a comer llanto, a beber lágrimas a tragos” (Sal 79,6). No sé por qué este fue el versículo del salmo que guardé en mi memoria para el tiempo de la oración. Como suelo hacer no lo guardé en mi memoria para meditarlo. Simplemente trataría de repetirlo durante la oración silenciosa y sólo el Señor sabía a dónde me llevaría. No pasó mucho tiempo, se me fue abriendo el horizonte, no pensé en concreto en las pruebas del pueblo judío que podría recordar el salmista. Sólo entendí que es una gracia enorme del Señor venir a descubrir como alimento de la vida el llanto y el dolor de los hombres. Tampoco me quedé con alguna de las situaciones concretas por las que puede estar atravesando el mundo, tampoco me vino a la memoria la pequeña prueba que supuso el tener que abandonar el convento, ni el ver mucha parte de la vegetación quemada. Que nos ha tocado vivir en Batuecas. Era una noticia general, pero llena de sentido la de asociar a mi vida el dolor de la humanidad. El poder beber del llanto de los hombres. Descubrí que la oración y la comunión con Dios no es una evasión, sino la ocasión de vivir a fondo el dolor de todos los hombres, si el Señor te lo concede. Por supuesto que es una gracia, y por lo mismo no un sentimiento externo. Pero con ello repetí con humildad, que me unía a todos los hombres que comían llanto y bebían lágrimas, y ello no por voluntad de Dios, sino porque Dios estaba más que con nadie con ellos, y a mí a través de la oración me acercaba a ellos.

F. Brändle

Que se alegren los huesos quebrantados

Foto: Sebastiao Salgado, Mina de oro, Sierra Pelada, Brasil, 1986

“Que se alegren los huesos quebrantados” (Sal 50,10). Al leer el salmo 50 en la oración de Laudes decidí quedarme este versículo para repetirlo en mi oración silenciosa. Me fui haciendo consciente de que era un versículo muy sencillo. No me preocupé de hacer de él objeto de unas consideraciones, sino simplemente repetirlo, y fui cayendo en la cuenta de que esos huesos quebrantados son mis seguridades. Esa falsa autoestima que se apoya en lo alcanzado, o en lo que los demás puedan pensar de mí, y en la que he apoyado mi vivir, como mi cuerpo se apoya en los huesos del esqueleto. Cuando esos huesos se rompen, puede venir la verdadera alegría de la confianza en Dios. Era una súplica que con el salmista elevaba a Dios, en medio de una oración, que para identificarse más con ser una señal de esos huesos quebrantados vino a ser en esta ocasión una oración, pobre, aburrida, en la que el tiempo no corría. En medio de ella comprendí que también ha de ser así en ocasiones, para que se alegran los huesos quebrantados- De una oración que se apoya en mi fervor, mi atención, y venga a convertirse en una oración de unión gozosa, en la que el gozo  nace de saber que se trata de una alegría surgida de una atención amorosa, en sequedad y vacío.

F. Brändle

A quien busca al Señor nada le falta

Nada te turbe, nada te espante todo se pasa,
Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza,
quien a Dios tiene nada le falta sólo Dios basta.

“A quien busca al Señor nada le falta” (Sal 33,11). Me quedé con este verso para mi oración. Todo el salmo estaba lleno de expresiones que invitaban a la confianza desde el temor del Señor, desde el amor. Me quedé con la búsqueda. Sentía que buscar al Señor era ir descubriendo su presencia en los acontecimientos de mi vida, en los proyectos que se me ofrecían, en las ansias de encontrarlo. En el silencio de la oración, dejando atrás mis cálculos y consideraciones, -ruidos, al fin, que no me dejaban sentir lo que significa no carecer de nada-, se me hizo claro que para llegar a esa experiencia debería dejar de querer comprobar lo que tengo o no tengo, y afianzarme en la seguridad de que nada necesitaría, más allá de  esa presencia providente de Dios que se haría manifiesta de modo no calculado dándome lo que necesito. Abrazar ese vacío, sentir la seguridad de que todo lo tendría, sería el termómetro por el que descubriría si mi búsqueda de Dios era sincera. No era una seguridad loca y a la ventura, sino una seguridad nacida de la certeza de que el Dios que buscaba era Providente. Acoger su reino hecho salvación para el mundo era lo que me permitía saber buscarlo con la confianza de que nada me faltaría.

F. Brändle

Vuélvete, Señor

“Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo? Ten compasión de tus siervos” (Sal 89,13). Con estas palabras del salmo, viví la oración de la mañana, en la situación que nos envuelve. Desde el pasado jueves tuvimos que dejar nuestro monasterio, amenazado por el fuego. La acogida con la que nos recibieron en “La Alberca”, el pueblo al que pertenecemos, nos hizo descubrir la hondura de una verdadera disponibilidad para hacer superar las dificultades a los que se ven envueltos en ellas. Sin embargo, esta mañana se me hicieron vivas estas palabras, no como queja, pues ciertamente el Señor había mostrado bien lo cerca que estaba de nosotros por la multitud de atenciones recibidas, sino como súplica esperanzada para descubrir la compasión que tiene con nosotros. El monasterio no ha sufrido los daños del fuego, han sido mucho los esfuerzos puestos en ello para que no le alcanzase, y lo que hubiera sido una gran desgracia, ha sido sólo una amenaza. Sin duda, que lo hubiéramos vuelto a reconstruir, con pena y dolor, pero también, al menos en mi caso, con impaciencia porque hubiera querido que se hiciera pronto. Bien a las claras podríamos notar su compasión, pues ya se han ofrecido muchos a ayudarnos en lo que necesitemos. Sin embargo, lo que más luz me dio, fue descubrir que Dios en la Naturaleza, es mucho más paciente y creador. El tiempo hará que lo quemado vuelva a ser un bosque frondoso, pero es necesario ese tiempo esperanzado que nos cuesta vivir. Por eso recé con insistencia, ten compasión de tus siervos, haznos comprender la grandeza de una espera en el tiempo que supere la desgracia, que nos muestre lo mucho que hay que purificar, -y no pensar en que se ha destruido-, en nuestras vidas con el fuego de tu amor, que el tiempo hará florecer transformándolo en una nueva vida.

F. Brändle

males por bienes

“Son muchos los que me aborrecen sin razón, los que me pagan males por bienes, los que me atacan cuando procuro el bien” (Sal 37,20). El lamento que encierra todo el salmo lo condensé en este verso. Al quererlo traducir a mi experiencia me resultaba difícil buscar esos enemigos, aunque si uno se lo propone los encuentra. No veía sentido en ello. Cuando estaba por abandonar su consideración, me vino a la memoria, y recordé con interés la cautela que da San Juan de la Cruz, para vivir en el convento, que es extrapolable a vivir en la historia siempre en una comunidad humana. Los otros no son los que me aborrecen sin razón, sino los que me labran como oficiales para hacer de mi la obra maravillosa que Dios quiere que sea. Cierto que al labrarme, si no lo se vivir ni interpretar, me parecerá que me odian, que actúan contra mí, que no me devuelven lo que me parecen bienes…, pero en el fondo es el modo de vivir superando me falso modo de labrarme desde mi sola percepción. Sus modos distintos, por muy ajenos y contrarios a mí que me parezcan, no dejarán de ser el instrumento válido para labrarme. Con ello se me hizo esperanza de transformación y cambió para llegar a forjar el proyecto de Dios en todo este mundo enfrentado del que somos testigos. Se trata de ir descubriendo en la historia esa obra de Dios en la que los hombres, aunque lleven a la Cruz al Hijo de Dios, de Él aprenderán que ahí se revela todo el misterio de Dios que es amor que vence al odio. Que es resurrección y vida más allá de la muerte.

F. Brändle

tengo siempre presente mi pecado

“Pero yo reconozco culpa, tengo siempre presente mi pecado” (Sal 50,5). Como cada viernes en la mañana, en el rezo de Laudes nos encontramos con el salmo 50. Apoyado en este verso, pero con el trasfondo de todo el salmo me adentré en los momentos de oración silenciosa. Aunque es un salmo lleno de belleza, conocido, muy usado en la liturgia, me parecía más propio para un momento de meditación que para entrar en esa oración silenciosa, en la que cesa la meditación. Me sorprendí sintiendo que con estos versos se ponía de relieve lo que como experiencia más honda era mi vivir cara a Dios. No era sentirme indigno, separado de él, alejado. Su presencia se me hacía más viva desde mi pobreza, desde ese reconocimiento de la culpa, que no acompleja, que no desespera, sino que te hace capaz de descubrir la misericordia que te libera de tu mundo egoísta. Comprendí que la verdad, como muy bien me dice santa Teresa, está ligada a esta verdadera humildad. El vivir abierto a Dios, es descubrir también la bajeza, el no poder. Sólo así se llega al Dios del amor y la misericordia.

F. Brändle

eterna su misericordia

“Dad gracias al Dios de los dioses porque es eterna su misericordia” (Sal 135,2). Al ir recitando todo el salmo, tan conocido, y buscar en él un versículo para mi oración, me llamó la atención estos primeros versos, este en concreto, que quieren identificar a quien hay que dar gracias, porque su misericordia es eterna. Se le conocerá después en sus obras, pero antes es el Dios de los dioses. Fui dejando que el verso llenara mi espacio de oración, se me fuera descubriendo su contenido. Esos dioses minúsculos de los que era Dios el hacedor de las grandes maravillas que luego se narrarían, los fui entendiendo como todo aquello que me acerca a Dios, pero que no es Dios, y a lo que no me tengo que apegar, porque a quien verdaderamente haz que dar gracias es al Dios de todo ello, al Dios que estando más allá, lo sostiene y da sentido. Me parecía entender que este versículo del Salmo me advertía para no trivializar las obras de Dios, juzgándolas desde mí, y por ello reducir mi acción de gracias a lo que de Dios entiendo o juzgo. Sus maravillas me lo descubren como el Dios de los dioses, el que me desborda, y al que no puedo utilizar. Quise con ello abrirme a darle gracias por lo que Él es, y que se expresa más allá de lo poco que yo pueda entender.

F. Brändle

Eterna Fonte

Custodia de la Catedral de Toledo

Aquesta eterna fonte está escondida

En este vivo pan por darnos vida,

Aunque es de noche

Aquí se está llamando a las criaturas

Y de esta agua se hartan, aunque a oscuras,

Porque es de noche

Aquesta  viva fuente que deseo

en este pan de vida y la veo

aunque es de noche

Con estos versos de san Juan de la Cruz me dispuse a vivir la oración del jueves de Corpus, que como es costumbre cada jueves hacemos ante el Santísimo expuesto. Di gracias a Dios de poder descubrir la viva fuente deseada escondida en el pan vivo, sacramento eucarístico, aquí en Batuecas, lugar en el que el deseo de Dios se ahonda ante una creación que se adentra en tu vida, desde el mismo hecho material de unos montes que no te permiten ir a ellos, porque son ellos los que vienen a ti. Que hermoso con San Juan de la Cruz contemplar a toda la creación hartándose de la fuente divina en este vivo pan. Sí, el pan sacramentado, era la presencia del resucitado que todo lo llena, concentrada en esa verdad siempre profesada por la iglesia, de la presencia real de Cristo. Ahora esa fe se hacia tan honda que al tiempo que llenaba de Dios mi vida, la contemplaba en el misterio eucarístico. Sabía que en el domingo de Corpus, nuestra procesión con el Santísimo se haría subiendo por las laderas de los montes a una de las ermitas que lleva por titular el santísimo Sacramento, y con ello estos versos de San Juan de la Cruz, por él vividos en la oscuridad de una cárcel conventual, a mí se me iban a regalar en la libertad de una creación puro don de Dios, pero que gime la plena manifestación de la gloria de los Hijos de Dios, ya comenzada en este misterio de la Eucaristía, y abierta a su plena realización. Así pude vivir mi adoración, unido a toda la humanidad y a toda la creación en viva esperanza de lo que un día será, más allá de mis cálculos y proyectos.

F. Brändle

¿Por qué habré de temer los días aciagos?

La Trinidad, El Greco, 1577-1579

“¿Por qué habré de temer los días aciagos?” (Sal 48,6). Me dejé conducir por este verso para vivir mi momento de oración. No me dediqué a hacer consideraciones para darme confianza, dejé que la pregunta se hiciera más honda. Me fui acercando a lo que me parecía era fruto de la cercanía de Dios que habían sentido tantos llamados: “No temas”. En su caso era para una misión concreta, para la que no habían de temer, en el verso lo que se ponía de relieve eran los días aciagos. Fui descubriendo que esos días no eran los que desde mi punto de vista eran aciagos, aunque a mi me lo pareciera, sino los que mi confianza habría de trascender las seguridades en las que siempre me apoyaba cuando en los momentos difíciles acudía a Dios: tener la conciencia tranquila, juzgar que quienes me hacían difícil la vida se movían por pasiones bajas, y otros caminos que me aseguraban el favor y la cercanía de Dios. Ahora comprendía que lo que se me pedía era confiar por lo que Dios mismo era. Por su inefable misterio que celebraría el día de la Trinidad. Si Dios es esa inagotable vida de amor y vive en mí, que podría motivar mis miedos, por muy aciagos que fueran los días.

F- Brändle

todas mis fuentes

“Y cantarán mientras danzan: todas mis fuentes están en ti” (Sal 86,7). Se acerca la celebración gozosa de Pentecostés, la fiesta del Espíritu. En la oración de estos días resonaba en mí, lo que había oído acerca del Espíritu. Es esa mano serena que como la de un músico prodigioso al acercarse a mi vida, a la vida de todo creyente, la hace cantar y danzar de modo único, haciendo posible que todo mi ser quedara en él suspendido. Las palabras del salmo se iluminaron cuando entendí que en la iglesia, en la medida que se anticipaba la nueva ciudad de Dios, los creyentes eran esa multitud de danzantes que a coro repetían: “todas mis fuentes están en ti”, eran las aguas que recordaban el Espíritu que animaba a todos los fieles. No es fácil imaginar una Iglesia movida por el Espíritu, porque no cabe en nuestra imaginación; en la que sí caben sus deficiencias. Por eso se nos hacen más tangibles sus limitaciones, que su movimiento interior, el que brota del Espíritu, que hay que reconocer que vive en la Iglesia. Pedía al Espíritu descubrir esa Iglesia en la que todos danzan al son del canto del Espíritu que vive en ella.

F. Brändle