San José y la vida de fe

El Carmelo Descalzo es un gran deudor de san José, ya nos es conocida la devoción que tenía Teresa por este gran santo. No era una devoción más, como tantas que había en la cristiandad, sino una experiencia entrañable de amparo; escribe ella de san José: “No me acuerdo, hasta ahora, haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer”. Pero, también es una experiencia de reciprocidad mutua de amor. Si san José ofrece su patrocinio a la nueva familia iniciada por santa Teresa. Ella, por su parte, impulsa como nadie en la historia de la Iglesia la devoción a este santo.

Para adentrarnos más aún en esta espiritualidad josefina me gustaría comentar tres aspectos de la vida de san José: la oscuridad de la fe; el silencio obediente y la vida oculta en Nazaret.

Si por algunos momentos nos colocásemos en el lugar de José, muy pronto percibiríamos lo marcada por la fe que estuvo su vida. Una fe más radical incluso que la de la Virgen María, pues ella verificaba en su propio cuerpo el desarrollo del misterioso proyecto de Dios. José no tenía “otra luz y guía sino la que en el corazón ardía”, que es la luz de la fe. Es una fe total, que no duda ni vacila. Que se apresura a hacer lo que Dios le pide. José no se vuelve atrás, no pone condiciones. Las Sagradas Escrituras definen a José como un hombre justo, quiere decir, ajustado al proyecto de Dios. No hay contradicción entre aquello que pide Dios y lo que está en su corazón. Custodiar a la Virgen María y al Niño Jesús es lo que él más quiere. José nos enseña a caminar por los senderos de la vida animados por la “pura fe”.  

El segundo aspecto de la vida de José es la dimensión del silencio. Las Escrituras Sagradas no hacen memoria de una sola palabra que haya salido de su boca. ¡Completo silencio! Pero, no es un silencio cualquiera, no es un silencio temeroso ni vacío, sino un silencio obediente. Es el silencio de quien escucha y obedece. En todo José hace lo que Dios le pide. El verdadero contemplativo es aquel que en su silencio está siempre dispuesto para hacer la voluntad de Dios. Un silencio que nos hace disponibles para el servicio, esto es lo que José nos enseña.

El tercer aspecto es la vida oculta en Nazaret. Dios que había escogido la suma pobreza para realizar el misterio de la encarnación, no quiso privarse del amor de María y de José. Aquel que a todo había renunciado, no ha querido dejar de experimentar el cariño de un padre y de una madre. ¡Este es el misterio de la Sagrada Familia! Esta es la vida oculta de Nazaret, una familia cimentada en el amor. Llena nuestros corazones de ternura pensar que María y José no solo fueron los primeros en amar a Jesús, sino que fueron los primeros en recibir la ternura de Dios hecho hombre.

Cuántas miradas, cuánta ternura, cuánto amor en esta relación filial. José, en su limitación humana reproducía, aunque imperfectamente, como una sombra, el amor del Padre Celeste. Por eso, es también ejemplo para todos los padres. Por eso, también nosotros nos confiamos a sus cuidados paternos.

Fray Emmanuel María

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¿Qué conversión nos enseña Santa Teresa?

El tiempo de Cuaresma es un tiempo propicio para la conversión o sea, ¡es tiempo de volver a Dios! Pidamos a Santa Teresa que nos ayude en esta tarea.

¿Qué conversión nos enseña Santa Teresa?

            Primero, me parece, que podemos hablar de una conversión que nos hace poner la mirada en Cristo. Es, al mismo tiempo, una invitación a la centralidad de Cristo y a no distraernos de lo esencial. Con mucha facilidad nuestra mirada o se vuelve a nosotros mismos o se vuelve a los demás. Pero, no en el sentido bueno de la caridad, sino juzgando o mirando con envidia, rencor, codicia… Si quitamos nuestra mirada del Maestro dejamos que se adentre en nuestra mente y corazón la oscuridad que ciega nuestros pasos. La conversión de Santa Teresa es una conversión a Cristo, a mirarle a Él, como único bien de su alma.

            Segundo, la conversión que nos enseña Santa Teresa es una conversión que nos hace ser solidarios con Cristo, que llena nuestro corazón de disponibilidad para compartir con Él sus sufrimientos y cargar su cruz. Es una conversión que nos hace acoger la voluntad de Dios en nuestras vidas. Es también la conversión que nos permite contemplar el rostro sufriente de Cristo en nuestros hermanos que como dice el Papa, están en las “periferias de la existencia”.

            Tercero, creo que podemos hablar de la dimensión eclesial y hasta humanitaria de la conversión teresiana. Si han pasado cinco siglos del nacimiento de Teresa de Ahumada y aún estamos beneficiándonos de su conversión. Quisiéramos que también nuestra vida fuera un poquito de esta luz que irradia en Teresa. Quisiéramos que aproveche a los demás todo lo que hemos recibido de Dios.

Pero, no queremos terminar esta meditación sobre la conversión de Santa Teresa sinpreguntarle cuál es el secreto de este hecho afortunado. En el Libro de su Vida,hablando de esta conversión escribe: “porque estaba ya muy desconfiada de mí y poníatoda mi confianza en Dios”. La conversión acontece cuando ponemos toda nuestraconfianza en Dios, este es el secreto

Fray Emmanuel María

La ofrenda al amor misericordioso

Amiga/o, quienquiera que abras esta página web, bienvenido seas. Espero poder ofrecerte una reflexión sencilla, con la que compartir el silencio creador de este valle de Las Batuecas.

            Sigo compartiendo lo mucho que para la oración me ayuda alguna frase de un salmo. Se constituye en ese canon que repetido me mantiene en atención amorosa, que me abre a esa noticia, comunicación de Dios, general y oscura, pero llena de la vida de Amor que es Dios. Oraba el salmista por el rey, suplicando a Dios que se acordara de sus ofrendas y le agradaran sus sacrificios (Cfr. Sal 19), me lo quise aplicar a mi vida, y no encontraba modo de encajarlo. Me parecía presuntuoso presumir de poder ofrecer algo a Dios, o presentarle sacrificios de su agrado. Por un momento prensé que poco me iba a ayudar ese canon, hasta que vino a mi memoria la experiencia de Teresa del Niño Jesús, ¿qué sacrificios podríamos hacer?, ¿qué ofrendas ofrecer a un Dios que se presente como exigencia para el hombre? Ninguno le bastaría.

Pero la ofrenda al amor misericordioso, sin dar más vuelta, es la que siempre podemos hacer, que exige el sacrificio de una vida, vivida en amor como respuesta. Se me hizo la luz, y pude vivir mi oración envuelto en ese amor misericordioso al que poder ofrecerle una vida que quiere traducirse en experiencia de amor entregado. Entregado en la cotidianeidad de actos muy sencillos, los que me ofrece el quehacer de cada día, o entregado en la aceptación de lo que se me va dando a través de quienes me rodean, sea del signo que sea, agradable o penoso.

Fray Francisco Brändle

Aceptar nuestra pobreza en la oración

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            Comprendo y comparto las bellas definiciones acerca de la oración que se han dado desde la tradición cristiana y que no voy a repetir, pero tengo que confesar que aún descubriendo y viviendo el tato de amistad, la noticia general amorosa, en mi caso no se hace sino constatando también que la quietud y el sosiego hace que el cuerpo, quizás ya mal acostumbrado y difícil de corregir, confunda este momento con esos instantes nocturnos en el que nos viene el sueño, con lo cual, tengo que confesarlo la hora de oración es muchas veces una sesión de cabezadas, no buscadas, ni consentidas, sino soportadas, y vivo mi oración en esa pobreza.

Podría pensarse que poco vale entonces, y que mejor sería descansar y dormir más. Inútil, no es esa la cuestión, sino aceptar nuestra pobreza, pues el fruto va más allá de nuestros “éxitos”, y venir a reconocer lo que el otro día, haciendo un cambio de perspectiva se me dio a entender: Dios es el que da puesto en su casa a la estéril y le hace madre feliz de hijos (cfr. Sal 112). Esa oración en apariencia tan estéril, se convierte en fuente de una vida más fecunda en gracia y entrega.

Fray  Francisco Brändle

Yo siempre estaré contigo

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            Me identifico en muchas ocasiones con los sentimientos del salmista. Me parece que sus sentimientos, leídos a la luz de la revelación en Cristo, se transforman en una visión tan positiva de la historia y la naturaleza que su lectura se hace fuente de esperanza, incluso en las situaciones más adversas. Así lo descubrí al leer el salmo 72. Es fácil que sintamos la gran tentación de envidiar a quienes parecen disfrutar de una vida llena de éxitos, incluso su arrogancia puede llegar hasta atreverse con el cielo. Nos puede seguir creciendo la tentación del desánimo, que para nada vale mantener limpio el corazón.

Pero el salmista me ayuda a reflexionar, obrar de esa forma me haría renegar de la estirpe de los hijos que nacen de la fe y del espíritu. La dura situación en que se puede encontrar el salmista le lleva a pensar que aquellos que aborrecen a Dios, serán de El aborrecidos. Mira su situación y cambia de perspectiva. El versículo no tiene desperdicio: “Yo siempre estaré contigo, tú agarras mi mano derecha, me guías según tus planes y me llevas a un destino glorioso” Lo bueno es estar junto a Dios, hacer del Señor nuestro refugio.

Confieso que la lección del salmista es hermosa, no se alcanza tan fácil ese desprendimiento de uno, y esa confianza tan plena, pero es sin duda la meta a la que debemos aspirar.

Fray Francisco Brändle

El Señor se eleva sobre todos los pueblos

Valle de las Batuecas

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            Nadie duda de que los salmos en la tradición bíblica son una fuente de conocimiento para quien los lee y medita, pero son aún más una visión de la realidad que sobrepasa la mera lectura y reflexión, cuando uno los trata de leer como camino abierto a la presencia de Dios. Y así me sucedió que me quedé sorprendido al leer en el salmo 112 (la numeración responde a la litúrgica y ésta a la Vulgata):”El Señor se eleva sobre todos los pueblos, su gloria sobre los cielos”.

Me parecía intuir que tenía un significado más grande que lo que sería la materialidad de su sentido. Un Dios que parece alejarse de la tierra e incluso del cielo, que no podremos imaginarlo, ni alcanzarlo se me hacía cuesta arriba. Esa sublimidad no me permitía amarlo con todo el corazón, se me hacía lejano, sí, sé que no puede caber en conceptos y formas humanas, pero que Él se eleve y parezca huir de la tierra, no me cabía en la dinámica del amor en la que quería encontrar a Dios.

Hasta que se me vino a mostrar que el Señor se eleva sobre los pueblos, porque ningún pueblo forjado desde la riqueza, el poder, puede tener a Dios como centro, sí el pueblo que Él se prepara, levantando al pobre del polvo, alzándolo de la basura, y creando ese pueblo de príncipes que constituyen la humanidad nueva, donde él se eleva sobre todos los pueblos. La luz ya no es la mera razón que se convierte para muchos en su cielo, sino que está sobre ella, esa gloria, luz divina, que alumbra la nueva humanidad y que brota de Dios, cuya gloria está sobre los cielos.

Fray Francisco Brändle.

Por el derecho a no odiar

            La contemplación del mundo nos permite percibir el absurdo en el que vive la sociedad cuando se distancia del proyecto original trazado por su Creador. En un diálogo, he percibido que mi interlocutor, al expresar su odio y rebelión contra una postura política, deseaba que yo hiciese lo mismo; como no encontró en mis palabras algo que le apoyara, se quedó decepcionado y concluyó que yo me oponía a su pensamiento.

Lo que mi interlocutor ignoraba es que el odio no forma parte de mi horizonte existencial, no creo que fuera creado para odiar a alguien porque, incluso para mí, el odio es una flaqueza de quien se deja afectar y hasta determinar por lo que el otro es o hace. No odiar es una opción por la lucidez y por la libertad de espíritu, valores que se cultivan en la contemplación. La lucidez nos permite diferenciar a la persona de sus ideas, y la libertad interior nos lleva a amar a la persona independientemente de que coincidamos o no con sus ideas y actitudes.  

            Este diálogo con mi interlocutor y la consciencia de que lo que he experimentado no es una postura aislada, sino una actitud muy común en nuestra sociedad, me ha impulsado a comenzar una campaña llamada: “Por el derecho a no odiar”. Parece broma que alguien reclame tal derecho, pero me parece oportuno despertar a la sociedad de su adormecimiento, que nos deja sumidos en relaciones mezquinas y egoístas. El derecho a no odiar, en definitiva, es una opción por el amor, no como un mero sentimiento romántico, sino como la decisión de vivir el proyecto original diseñado por el Creador que quiere hacer de todos nosotros una sola familia.

Fray Emmanuel María