Junto a los canales de Babilonia

Judíos en Babilonia, Eduard Bendemann 1832

“Junto a los canales de Babilonia, nos sentamos a llorar con nostalgia de Sión” (Salmo 136,1).

Interiorizando este versículo de salmo, vine a entender que puede muy bien ser reflejo de cómo vivir y experimentar nuestra fe y nuestro vivir creyente. No somos creyentes judíos deportados a tierra extraña, que añoran la vida en su patria, y sobre todo a través del símbolo más querido: la ciudad de Sión, donde se expresaba su vida creyente. Somos, y así lo sentí, llamados a vivir en el mundo y realizar en él, obras que nacen sólo del amor, y por lo mismo de la fuerza del Espíritu que nos mueve a ello. Sin embargo, este modo de realizarnos, de expresar nuestra entrega, se ve aplastado por una sociedad humana marcada por leyes y caprichos de los hombres. Aquellos canales de Babilonia, eran expresión de una vida civilizada, de grandes valores, pero nacidos de la autosuficiencia humana. Tantas veces nuestras buenas obras han caído por tierra por la envidia, el desprecio con el que se han mirado. Y se ha justificado tal acción por leyes y determinaciones que a modo de bellos canales parecían reflejar lo mejor. Lejos de abandonar nuestra verdadera existencia, de renunciar a ella, y aplaudir los valores de una sociedad sin amor, nuestro anhelo y nuestra alegría se han de traducir en seguir poniendo en nuestro vivir aquella esperanza que nos remite a la nueva Jerusalén, expresión de una humanidad hecha una por el amor y donde estará claro que nuestra alegría llegará a su plenitud.

F. Brändle

Inocente

Al leer el salmo 14 me quedé atento a algo que me parecía no tenía que preocuparme. Se trataba de alguna de las condiciones para subir al templo, y una de ellas era: “no aceptar soborno contra el inocente”. Tenía claro que las distintas condiciones para subir el templo eran esas exigencias que hay que tratar de vivir para acercarse con sinceridad a Dios. Nunca me había detenido en la que arriba cito, porque no podía recordar ninguna ocasión en que se me hubiera ofrecido dinero para ir contra el inocente. Sin embargo en esta ocasión a la que aludo se me hizo patente algo que quiero comentar. De repente me pareció que el soborno que se me ofrecía para ir contra el inocente no era dinero, sino mi propia inocencia. Sí, me pareció que en ocasiones aceptaba, porque se resaltara mi bondad e inocencia, lo que se decía contra otro. Y acabé también pensando que eso que aceptaba e incluso me alegraba, que se decía de otro, podría ser falso, o al menos no ser condenable. La deducción fue clara: “con tal de quedar tú por encima, me dije, aceptas que se diga algo negativo de otro”, en estas condiciones no te puedes acercar a Dios. Es algo necesario, es una de las condiciones para subir al templo, aquello que había oído decir de Santa Teresa, que no permitía se hablara mal de nadie delante de ella. Ahora lo veía mucho más necesario, porque es fácil que ese soborno de mantener mi propia bondad, apoyándome en lo que de otros se dice robándoles en muchos casos su inocencia, y esto lo aceptara sin más, cayendo en la trampa. Estaba claro, así me alejaba de ese Dios Padre de todos.

F. Brändle

La Noche

Me preguntaba esta mañana qué necesidad tenía el salmista de adelantarse a la aurora para pedir auxilio (Sal 118, 145ss.). Me imaginé que como todo ser humano el salmista concebía la noche como  la realidad que nos envuelve y desde la que no parece verse la salida para los problemas que puedan surgir en el día. Sólo abriendo la noche a la palabra de Dios, se puede esperar más allá de esos presagios que nos abruman y cierran la salida a una visión positiva de lo que imaginamos nos pueda venir. Si el día transcurrió esperando ese cumplimiento de la Palabra, también la llegada de una nueva noche la podemos adelantar si ante los temores con los que nos pueda amenazar abrimos el corazón a la esperanza puesta en las promesas de Dios. Noche y día son símbolo de la historia hecha de esperanza y salvación. La vida del hombre no deja de ser una noche, en la que antes de llegar la aurora pedimos auxilio para que se abra a la Palabra de Dios. La historia en la que se vive, es el gran día en el que cabe la esperanza de abrir la puerta al Dios de la historia para que la inunde su presencia.

F. Brändle

El Señor guarda a los sencillos

“El Señor guarda a los sencillos” (Sal 114). No parece muy difícil de entender el sentido de este versículo, pero me llamo la atención el calificativo de “sencillos”. Esperé con paciencia que a lo largo de la oración, hecha al estilo teresiano-sanjuanista, de atención amorosa, se me fuera haciendo más luminoso su contenido. Comencé cayendo en la cuenta de que realmente nos hacemos complicados, queremos al fin en muchas ocasiones no ser lo que somos, y esto de muchas maneras. No reconociendo nuestra debilidad, no aceptando nuestra limitación, no saliendo, en definitiva, de nuestro estrecho y complicado modo de ver las cosas. Desde esta conciencia de llegar a descubrir las ocasiones en que nos hacemos complicados, quise en positivo abrirme a que se me hiciera manifiesto que es ser “sencillo”. Pensando en el Señor que nos guarda caí en la cuenta que nos quiere abiertos a lo que en su designio de amor hemos de alcanzar. La meta de nuestra existencia está en esa sencilla vida amorosa en la que nos podemos abrir a Dios y a los demás en la verdad de lo que somos, llegar a la verdadera comunión que nace de lo que somos, y no de lo que complicadamente queremos llegar a alcanzar, y que nos aparta de esa mirada amorosa con la que Dios nos guarda, para llevarnos a vivir en comunión sincera con Él y con los demás.

F.Brändle

lava del todo mi delito

El Hijo Pródigo, Rembrandt, 1668, Museo del Hermitage

Uno de los salmos más conocidos y recitados en la iglesia es el salmo 50. En sus  primeros versos leemos: “lava del todo mi delito, limpia mi pecado”, después de haber invocado su misericordia. Al querer interiorizarlos repitiéndolos durante la oración silenciosa, caí en la cuenta de que siempre había puesto más atención en mi pecado, en mi culpa, que en el Dios que limpia. Sin darme cuenta estaba cayendo en la cuenta de que siendo Dios el que limpia, de aquel pecado, de aquel delito no podía quedar rastro alguno. Su limpieza sería tal que aquel delito o pecado habría dejado de existir, se habrían borrado para siempre. ¿Qué era lo que habría logrado tal limpieza?: “SU AMOR”. Dios era el que poniendo amor habría sacado amor. Mi vida se habría liberado de todo egoísmo y se habría convertido en amor, donde no cabe ni delito, ni pecado. Se trata no de condonar una deuda, no de poner un manto para que no se vea la mancha, se trata de transformar una vida, para que sea una vida enamorada. En verdad nuestra relación con Dios entra también dentro de la dimensión teologal, sólo asumible desde la fe, la esperanza y el amor. Ver la realidad en estas dimensiones teologales es sentir que el pecado no es la mera transgresión de una norma, es mucho más. Es seguir siendo ese sujeto lleno de sí, egoísta, incapaz de abrirse al plan de Dios. Si soy capaz de rezar con el salmista al Dios que lava el delito y limpia la culpa, veré que mi vida se llena de amor y se transforma, para ser esa criatura nueva, a imagen de Dios, que pone amor y saca amor.

F. Brändle

EN MEMORIA DE SANTA TERESA DE JESÚS. 15 DE OCTUBRE

 (Ofrecemos a nuestros lectores esta honda reflexión del carmelita descalzo, P. Daniel de Pablo Maroto, al conmemorar el pasado 15 de octubre su fiesta)

Santa Teresa por José de Ribera, Museo de Bellas Artes, Valencia

La muerte de santa Teresa de Jesús un 15 de octubre de 1582 me sugiere las siguientes reflexiones. Quien piense que los santos son felices porque Dios se les revela, es el médico que sana su cuerpo y su espíritu, les da éxito en la vida, etc., les pido que borren de la mente ese cliché porque es falso. Más bien, sucede todo lo contrario: que a los santos Dios les concede no las glorias mundanas, sino ser imitadores del “crucificado” Jesús de Nazaret. Esta es la lección que nos enseña la hagiografía cristiana y los mártires de nuestro tiempo.

Esta historia les parecerá una acción injusta a los increyentes o a los fieles devotos que creen que la fe en Dios es un paraguas que les protege de las inclemencias de la vida, la enfermedad, la pobreza, la falta de trabajo, etc. Pero es la ley de la Providencia, cuyos caminos “no son nuestros caminos”. Es posible que el silencio de Dios escandalice a los débiles en la fe, pero enamora a los escogidos para una misión especial en la Iglesia.

 San Juan de la Cruz escribe a los que creen en el Dios-tapa-agujeros, que se puso de moda en el postconcilio: “Él (Dios) está sobre el cielo y habla en camino de eternidad; nosotros, ciegos sobre la tierra y no entendemos sino vías de carne y tiempo” (Subida del Monte Carmelo, II, 20, 5). Y algo más grave todavía, como defensor de la fe desnuda de apegos “No es de condición de Dios que se hagan milagros, que, como dicen, (¡!), cuando los hace, a más no poder los hace” (Subida, III, 31, 9). Pero nuestro Dios, que permite la cruz, compensa con los dones del Espíritu Santo: la paciencia y la fortaleza para soportar la prueba.

Teresa de Jesús fue un ejemplar de mártir, “elegida” por Cristo para realizar en la Iglesia, y en la civilización occidental, una obra de gigantes, aun siendo una mujer Hoy, en el día aniversario de su muerte, recuerdo a los lectores su experiencia del martirio cotidiano, su “noche purificativa” y martirial, como ella misma confiesa: “Yo conozco una persona que, desde que comenzó el Señor a hacerla esta merced que queda dicha, que ha cuarenta años, no puede decir con verdad que ha estado día sin tener dolores y otras maneras de padecer, de falta de salud corporal […]. Yo siempre escogería el del padecer, siquiera por imitar a nuestro Señor Jesucristo” (Moradas, VI, 1, 7).

Cuando la Santa escribe esta página en 1577 tiene 62 años; hace “cuarenta años”, como dice ella, tenía 22. ¿Qué sucedió, a esa edad, en la vida de la monja recién profesa en el convento de La Encarnación? Lo que ella misma confiesa y confirman los testigos en los Procesos de beatificación como oído a las monjas del convento: había una monja que padecía una “grandísima enfermedad, y muy penosa” y lo sufría con paciencia, y Teresa pidió a Dios que “le diese las enfermedades que fuese servido”, siempre que, al mismo tiempo, le concediese la misma fortaleza para aceptarlas. Según su confesión, Dios aceptó su ofrenda y desde entonces en su vida sufrió toda clase de enfermedades (Cf. Vida, 5, 2). Sé que es una razón que la medicina científica no entiende, pero este es el hecho histórico y verdadero.

Descendiendo a la realidad de su vida, constatamos que lo escrito corresponde a la vivencia de las “noches pasivas del espíritu” previstas por san Juan de la Cruz, mucho más abundantes y dolorosas en los que recorren el camino espiritual hasta la santidad. La Santa Doctora lo ha experimentado casi en la cumbre del camino, como lo describe en las Moradas VI. En esa “noche” experimenta un cierto abandono de Dios, siente y sufre su silencio “en lo interior del alma”, como si estuviera en el “purgatorio” (¡!). Tiene una sensación o experiencia de una inmensa soledad porque “criatura de toda la tierra no la hace compañía”, es casi como una muerte del alma. Es la noche que sufre el alma antes de pasar a las Moradas séptimas (Cf. Moradas, VI, 11, 3-12).

Lo que describe en las Moradas son jirones de la propia alma, “noches oscuras” que está viviendo mientras funda conventos, llorando de pena mientras arrastra su cuerpo enfermo y por no poder misionar para “salvar almas” por ser mujer; sufriendo las inclemencias del tiempo y los obstáculos de las autoridades civiles y eclesiásticas; la angustia por la falta de los dineros que no llegan; la persecución o incomprensión de los buenos, etc. “Noches oscuras” tenuemente iluminadas por “los levantes de la aurora”, soñados por Juan de la Cruz.

La madre Teresa soportó también la “noche” oscura al final de su vida, desde que salió de Ávila para la fundación de Burgos un 2 de enero de 1582, en pleno invierno de la meseta castellana. Ella, enferma de gravedad, tiempo hostil, con fríos y lluvias hasta impedir el paso por caminos embarrados; recepción displicente por parte del arzobispo que creía amigo y permisivo; larga espera de la licencia; penuria de vida de la comunidad que hacía sufrir a la Fundadora; abandono del único apoyo que le quedaba, el provincial P. Gracián. Y, por fin, la fecha de la inauguración el día 19 de abril de 1582.

Se hizo también “noche oscura” en el camino de retorno a su querido convento de San José en Ávila, donde esperaban las monjas hambrientas de pan y de presencia de la Madre. Meditaba en el camino las cosas que le quedaban por hacer y le hacían sufrir porque sentía que se le iba agotando la vida: la soñada fundación de Madrid; resolver los líos de la compra de la casa de Salamanca; sosegar el ánimo de algunas prioras medio rebeldes a la autoridad de la Fundadora y del Provincial. Y, al llegar al soñado descanso de sus conventos de Valladolid y Medina, rota por la enfermedad, se encuentra con unas prioras que descargan sobre ella antiguas rencillas. Días y noches de dolor. Y en Medina, la autoridad, quiebra el deseo de volver a Ávila, pero pasando antes por Alba de Tormes.

Y allí descansó para siempre en la noche del 4 de octubre de 1582, siendo al día siguiente, por capricho del calendario, día 15, quizá simbolizando que la “noche” oscura anunciaba y se convertía, por la muerte de una Santa, en una noche  “en pos de los levantes de la aurora”, como glosó también san Juan de la Cruz. Murió tranquila, “hija de la Iglesia”, recordando sus pecados, esperando con gozo que iba a ser juzgada por aquel a quien había amado apasionadamente y que le decía: Entra en el gozo de tu Señor. ¡Descansa en la paz de Dios Andariega, Doctora de la Iglesia y Heraldo de Cristo!

P. Daniel de Pablo Maroto

SANTA TERESA DE JESÚS – DOCTORA DE LA IGLESIA

Una Santa que no es ajena a las realidades del mundo

Ofrecemos a quienes nos visitan, un extracto de algunas de las reflexiones del carmelita descalzo P. Daniel de Pablo Maroto, con ocasión del cincuentenario de su proclamación como Doctora de la Iglesia

Teresa de Jesús por Fray Juan de la Miseria, Sevilla

Existe la creencia, no sólo entre el pueblo, sino entre algunos intelectuales, de que los santos, especialmente los místicos, viven en un mundo de ilusiones, irreal, ensimismados en la Divinidad con sus éxtasis, visiones o locuciones. Nada más contrario a lo que acontece en Santa Teresa de Jesús. Ella tuvo dos momentos cumbres de “experiencia mística” que ella define como “desposorio” y “matrimonio” espiritual. Se sitúa el primero en torno al año 1556, la “conversión definitiva”, cuando oyó en su interior: “Ya no quiero que tengas conversación con hombres, sino con ángeles” (Vida, 24, 4-8). El tema lo expuso en las Moradas sextas. Y el “matrimonio”, noviembre del 1572, siendo priora de La Encarnación (Cuentas de conciencia 25, 18 de nov.), tratado en las Moradas séptimas.

Su experiencia de la Divinidad la vivió en la interioridad pero se manifestaba con frecuencia en “fenómenos” somáticos, las más visibles son los “éxtasis”, pero no pertenecen a la esencia del misticismo. Es la expresión más profunda de la capacidad amorosa del ser humano, la que llena los vacíos que pueden dejar el sufrimiento, las cruces sufridas. El modelo y el espejo en que se miran es el Crucificado Jesús del que los místicos se enamoran.

Este apasionado amor experimentado en la unión con Dios no sólo no aliena a los místicos, sino que enriquece sus facultades mentales para entregar, con la misma pasión, la vida a sus hermanos los hombres. El ejemplo de Santa Teresa elimina toda duda el respecto como conocen bien los lectores de sus Obras. Pocas personas místicas – ellas y ellos- han tenido un experiencia de la Divinidad tan profunda; y, al mismo tiempo, que se hayan integrado tanto en los quehaceres “materiales”, en los “negocios y dineros”, afirmando que lo “temporal” ayuda a lo “espiritual” (Visita de descalzas, 2 y 10). Como prueba de la integración en la vida selecciono algunas de sus actuaciones, y no perdamos de vista que su preocupaciones “materiales”, acciones y consejos se integran en la vida cotidiana.

Por ejemplo cuando su hermano Lorenzo pensó volver a España desde Las Indias el año 1570, un viaje frustrado, se preocupó de que sus dos “niños” residieran en Ávila, mejor que en Toledo, para estudiar gramática en el colegio de los jesuitas, y después, si lo desean, en los dominicos de Santo Tomás, filosofía y teología (Carta a Lorenzo de Toledo a Quito, 17-1-1570 n.8).Intervino también en la búsqueda de un “paje” como signo de señorío en Las Indias, que les acompañe en el colegio, pero juzga que no es conveniente el uso de “Don” como parece que se acostumbraba en América por la categoría social de su padre.

Por otra parte, resulta curioso para un lector moderno ver a Teresa, monja de clausura y fundadora de conventos con fama de mística y santa, hacer el oficio de “casamentera” de su sobrino Francisco, primero con una joven de Segovia, sin éxito y después sufriendo las impertinencias de la madre de su nueva esposa en Valladolid. Y, finalmente, tuvo que hacerse  cargo de una niña, hija de una relación extramatrimonial de Lorenzo (hijo), joven “travieso” que marchó a América en busca de la fortuna de su padre, y Teresa se ocupa de ella pero le dice que envíe dineros para su alimentación hasta ver que dispone Dios en el futuro.

También sorprendemos a nuestra Santa recomendando a los grandes de este mundo a algunas personas de su entorno familiar o de sus amistades. Por ejemplo, recomendó a su sobrino Gonzalo, hijo de su hermana Juana, como paje de compañía, nada más y nada menos que al duque de Alba, contactando primero con la mujer del secretario Juan de Albornoz y pidiendo la mediación de la misma duquesa (Carta a Doña Ines Nieto 31-X-75, nn 1-2). Entrañable, por puro agradecimiento, me parece la petición a don Álvaro de Mendoza, obispo de Ávila, para que conceda a don Gaspar Daza, mal consejero en sus primeras experiencias místicas, pero defensor de la comunidad de San José, una canonjía (Carta al mismo de  primeros de agosto 1577) Otras añade el autor, e indicando que son muchas más las que se podrían traer. (cfr articulo completo en la web, página de la rueca a la pluma).

Para concluir, recordaría su constante preocupación de las enfermedades de sus hijas e hijos, de sus amigos y amigas, de sus penas y alegrías, sugiriendo remedios caseros para sus males como una consumada enfermera o doctora, apelando a los consejos recibidos de los especialistas o fiándose de su propia experiencia.

Termino recordando una de sus preocupaciones más arduas y duraderas que sufrió la mística Teresa en los última etapa de su vida y que indica, una vez más, su integración en la vida de cada día: la defensa de su obra de fundadora, su Reforma del Carmelo en peligro de perecer atacada por los padres calzados con la colaboración del nuncio Felipe Sega. Para ello acudió, con respeto y atrevimiento, al mismísimo Felipe II, aconsejando a los frailes lo que tenían que hacer, principalmente pedir al Papa la concesión de una provincia independiente de los carmelitas de España. Fue la primera en proponer el remedio y lo consiguió.

Esta es Santa Teresa, la excelsa mística, extasiada ante la Divinidad,  pero pisando firmemente la tierra como “encarnada” en ella, modelo de humanismo cristiano.

Daniel de Pablo Maroto, ocd

El Señor Es Grande

Me sorprendí orando con dos versículos de salmo 134: “Yo sé que el Señor es grande,” “todo lo que quiere lo hace”, y su sentido se me iba abriendo a contenidos que en su simple lectura no había llegado a descubrir. Ciertamente nunca hubiera dudado de la afirmación “el Señor es grande”, pero lo hubiera dejado en una inmensidad y grandeza que difícilmente me interpelaba. El lo podía contemplar grande; pero en su cielo. En estos momentos comencé a descubrir que su grandeza me envolvía, que sus dimensiones, no eran de lejanía en espacios infinitos alejados de mí, sino en su entrañable cercanía que me envolvía, como lo envolvía todo. En ello estaba su grandeza, su inmensidad. Así tan cerca, su grandeza no era el fundamento de un poder caprichoso que lo que quiere lo hace. Me pregunté entonces que es lo que quiere hacer de mí, estando tan cerca, Me pude percatar que no me envolvía amenazándome con su poder arrollador, sino con su poder transformador. Que su voluntad no podía traducirse en un poder omnímodo y amenazador, sino la fuerza de un poder que acaba transformando por amor. Me abrí entonces a ese querer de Dios, para nosotros, para mí. ¿Cómo se haría presente su poder en estos momentos que estamos atravesando?. Sólo estando ahí con su grandeza su querer se traducía en abrir el corazón de todos y cada uno a aquel amor con el que Él puede transformarnos, hacernos aquello que Él verdaderamente quiere desde su amor siempre presente por su grandeza: superar las pruebas de la historia desde la maduración y el crecimiento. No desde el castigo o el aniquilamiento.

F. Brändle

Magnificat

William Bouguerau, 1899

“Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre” (Sal 33,4). Al leer estas palabras del salmo quise asociar a mi oración a cuantos me rodeaban, lo hice de corazón, pero veía que la grandeza del Señor a la que yo podía invitar a los demás a cantar conmigo distaba mucho de su verdadera magnitud. Tampoco podía llegar a descubrir cómo ensalzar en verdad su nombre, tal y como merece ser ensalzado. Es entonces cuando recordando el “magnificat” me asocié, uniendo a todos los que me rodeaban, a la oración de María. Ella sí que recordando estas palabras del salmo, me invitaba a unirme a su alabanza a quien había hecho obras grandes, a ensalzar a aquel cuyo nombre es santo. Desde su humildad y pequeñez, María nos invita a toda la humanidad a asociarnos a su canto, a proclamar con ella la grandeza del Señor y a ensalzar su nombre, y hacerlo en su verdadera medida. Con María se hacen verdaderos los deseos del salmista, cuando pronunciadas por ella estas palabras: “Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre”, nos invita a todos a unirnos a cantar el “magnificat”.

F. Brändle

“Te invoco de todo corazón”

Jesús entre los doctores, Alberto Durero, 1506. Museo Thyssen, Madrid

En la mañana del sábado,  la iglesia nos invita a rezar el salmo 118,145-152. En este fragmento del salmo encontré los dos versículos que me ayudaron en mi oración. Comencé repitiendo: “Te invoco de todo corazón”. Me preguntaba si sería capaz de hacerlo. Porque todo el corazón no sabría ponerlo si El no me ayudaba. Y vinieron a mí del mismo salmo estas palabras de otro versículo: ”Tú Señor estas cerca”. Uní los dos versículos. Me parecía que no siempre había sentido al orar al Señor tan cerca. Lo colocaba lejos, arriba, en un lugar no tan cercano, y mi invocación se me hacía también una llamada a alguien lejano. Cuando fue entrando en su presencia cercana, puede ver como el corazón se abría del todo, pude comprobar que sí, así era posible invocar con todo el corazón. Y acabé pidiéndole que se hiciera cercano a todo hombre que vive en este mundo. Que todos pudieran sentirle cerca. Que sólo así, no hablando de un Dios lejano, que acaba siendo un Dios que no es, se convertiría en Jesús, el Dios con nosotros, el que no buscamos ya arriba, lejos, sino inundando la historia y la creación con su presencia amorosa que nos alcanza por Jesús resucitado. Di gracias, una y mil veces, por haberme ayudado a invocar con todo el corazón, porque Él estaba cerca, estaba ahí, siendo el centro de mi vida.

F.Brändle