tengo siempre presente mi pecado

“Pero yo reconozco culpa, tengo siempre presente mi pecado” (Sal 50,5). Como cada viernes en la mañana, en el rezo de Laudes nos encontramos con el salmo 50. Apoyado en este verso, pero con el trasfondo de todo el salmo me adentré en los momentos de oración silenciosa. Aunque es un salmo lleno de belleza, conocido, muy usado en la liturgia, me parecía más propio para un momento de meditación que para entrar en esa oración silenciosa, en la que cesa la meditación. Me sorprendí sintiendo que con estos versos se ponía de relieve lo que como experiencia más honda era mi vivir cara a Dios. No era sentirme indigno, separado de él, alejado. Su presencia se me hacía más viva desde mi pobreza, desde ese reconocimiento de la culpa, que no acompleja, que no desespera, sino que te hace capaz de descubrir la misericordia que te libera de tu mundo egoísta. Comprendí que la verdad, como muy bien me dice santa Teresa, está ligada a esta verdadera humildad. El vivir abierto a Dios, es descubrir también la bajeza, el no poder. Sólo así se llega al Dios del amor y la misericordia.

F. Brändle

eterna su misericordia

“Dad gracias al Dios de los dioses porque es eterna su misericordia” (Sal 135,2). Al ir recitando todo el salmo, tan conocido, y buscar en él un versículo para mi oración, me llamó la atención estos primeros versos, este en concreto, que quieren identificar a quien hay que dar gracias, porque su misericordia es eterna. Se le conocerá después en sus obras, pero antes es el Dios de los dioses. Fui dejando que el verso llenara mi espacio de oración, se me fuera descubriendo su contenido. Esos dioses minúsculos de los que era Dios el hacedor de las grandes maravillas que luego se narrarían, los fui entendiendo como todo aquello que me acerca a Dios, pero que no es Dios, y a lo que no me tengo que apegar, porque a quien verdaderamente haz que dar gracias es al Dios de todo ello, al Dios que estando más allá, lo sostiene y da sentido. Me parecía entender que este versículo del Salmo me advertía para no trivializar las obras de Dios, juzgándolas desde mí, y por ello reducir mi acción de gracias a lo que de Dios entiendo o juzgo. Sus maravillas me lo descubren como el Dios de los dioses, el que me desborda, y al que no puedo utilizar. Quise con ello abrirme a darle gracias por lo que Él es, y que se expresa más allá de lo poco que yo pueda entender.

F. Brändle

Eterna Fonte

Custodia de la Catedral de Toledo

Aquesta eterna fonte está escondida

En este vivo pan por darnos vida,

Aunque es de noche

Aquí se está llamando a las criaturas

Y de esta agua se hartan, aunque a oscuras,

Porque es de noche

Aquesta  viva fuente que deseo

en este pan de vida y la veo

aunque es de noche

Con estos versos de san Juan de la Cruz me dispuse a vivir la oración del jueves de Corpus, que como es costumbre cada jueves hacemos ante el Santísimo expuesto. Di gracias a Dios de poder descubrir la viva fuente deseada escondida en el pan vivo, sacramento eucarístico, aquí en Batuecas, lugar en el que el deseo de Dios se ahonda ante una creación que se adentra en tu vida, desde el mismo hecho material de unos montes que no te permiten ir a ellos, porque son ellos los que vienen a ti. Que hermoso con San Juan de la Cruz contemplar a toda la creación hartándose de la fuente divina en este vivo pan. Sí, el pan sacramentado, era la presencia del resucitado que todo lo llena, concentrada en esa verdad siempre profesada por la iglesia, de la presencia real de Cristo. Ahora esa fe se hacia tan honda que al tiempo que llenaba de Dios mi vida, la contemplaba en el misterio eucarístico. Sabía que en el domingo de Corpus, nuestra procesión con el Santísimo se haría subiendo por las laderas de los montes a una de las ermitas que lleva por titular el santísimo Sacramento, y con ello estos versos de San Juan de la Cruz, por él vividos en la oscuridad de una cárcel conventual, a mí se me iban a regalar en la libertad de una creación puro don de Dios, pero que gime la plena manifestación de la gloria de los Hijos de Dios, ya comenzada en este misterio de la Eucaristía, y abierta a su plena realización. Así pude vivir mi adoración, unido a toda la humanidad y a toda la creación en viva esperanza de lo que un día será, más allá de mis cálculos y proyectos.

F. Brändle

¿Por qué habré de temer los días aciagos?

La Trinidad, El Greco, 1577-1579

“¿Por qué habré de temer los días aciagos?” (Sal 48,6). Me dejé conducir por este verso para vivir mi momento de oración. No me dediqué a hacer consideraciones para darme confianza, dejé que la pregunta se hiciera más honda. Me fui acercando a lo que me parecía era fruto de la cercanía de Dios que habían sentido tantos llamados: “No temas”. En su caso era para una misión concreta, para la que no habían de temer, en el verso lo que se ponía de relieve eran los días aciagos. Fui descubriendo que esos días no eran los que desde mi punto de vista eran aciagos, aunque a mi me lo pareciera, sino los que mi confianza habría de trascender las seguridades en las que siempre me apoyaba cuando en los momentos difíciles acudía a Dios: tener la conciencia tranquila, juzgar que quienes me hacían difícil la vida se movían por pasiones bajas, y otros caminos que me aseguraban el favor y la cercanía de Dios. Ahora comprendía que lo que se me pedía era confiar por lo que Dios mismo era. Por su inefable misterio que celebraría el día de la Trinidad. Si Dios es esa inagotable vida de amor y vive en mí, que podría motivar mis miedos, por muy aciagos que fueran los días.

F- Brändle

todas mis fuentes

“Y cantarán mientras danzan: todas mis fuentes están en ti” (Sal 86,7). Se acerca la celebración gozosa de Pentecostés, la fiesta del Espíritu. En la oración de estos días resonaba en mí, lo que había oído acerca del Espíritu. Es esa mano serena que como la de un músico prodigioso al acercarse a mi vida, a la vida de todo creyente, la hace cantar y danzar de modo único, haciendo posible que todo mi ser quedara en él suspendido. Las palabras del salmo se iluminaron cuando entendí que en la iglesia, en la medida que se anticipaba la nueva ciudad de Dios, los creyentes eran esa multitud de danzantes que a coro repetían: “todas mis fuentes están en ti”, eran las aguas que recordaban el Espíritu que animaba a todos los fieles. No es fácil imaginar una Iglesia movida por el Espíritu, porque no cabe en nuestra imaginación; en la que sí caben sus deficiencias. Por eso se nos hacen más tangibles sus limitaciones, que su movimiento interior, el que brota del Espíritu, que hay que reconocer que vive en la Iglesia. Pedía al Espíritu descubrir esa Iglesia en la que todos danzan al son del canto del Espíritu que vive en ella.

F. Brändle

De noche extiendo las manos

“De noche extiendo las manos sin descanso” (Sal 76,3). Cuando repetía este versículo en la oración dejé de nuevo que sus palabras no se tradujeran en algo literal y lógico, sino en descubrir ese sentido espiritual que todo texto de la Escritura encierra, más allá de que pueda reflejar una situación muy concreta del salmista. Llegué así a descubrir a Jesús que en la noche oraba. Su oración el “Padrenuestro” vuelto al Padre, y ahora sí, imaginé, -pero intuyendo desde el deseo de acercarme a su conciencia más honda-, que de pie, o echado en el suelo, levantaría los brazos, para extender las manos, y quedaría envuelto en el amor insondable del Padre descubierto y vivido a través de las estrellas. ¡Qué experiencia tan honda!, rezar el Padrenuestro arropado por las estrellas que a su vez marcarían la presencia de Dios en el cielo y la humanidad envuelta en ese manto. El texto del salmo se llenaba de luz hecho realidad en Jesús orando, que enseñaría después a orar a sus discípulos. Me llenaba de luz pasar de una oración nacida de situaciones angustiosas, a una oración, que más allá de que así es la historia, puede hacerse abiertos a la grandeza de Dios descubierto en la noche.

F. Brändle

Una cosa pido al Señor

Sagrada Familia,Barcelona

“Una cosa pido al Señor, eso buscaré: gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo” (Sal 26,4). Empecé deslumbrado por lo mismo que pedía y buscaba: “la dulzura del Señor”. No podía imaginar lo que ello era, hasta que caí en la cuenta que si lo rezaba en Pascua y que había de nacer de contemplar su templo, esa dulzura me vendría al contemplar a Cristo resucitado, convertido en el verdadero y definitivo templo, levantado al tercer día. Ahora se me hacía muy presente el resucitado en medio de la creación y de la historia. La creación estaba abierta, como me había ya ensañado San Pablo y repetido San Juan de la Cruz, a ser recreada en la resurrección. La historia en medio de sus avatares, estaba abierta en esperanza a ser consumada en el amor de Cristo entregado por nosotros.  Contemplar el templo, tal y como la resurrección de Cristo me lo mostraba, me hacía posible pedir y buscar la dulzura del Señor. Me uní a toda la Iglesia y a toda la humanidad que así lo celebraban. La esperanza nacía en medio de las situaciones tan duras de la historia que hemos de vivir, y era esperanza de lo que no imaginaba, ni podía imaginar, sino solo vivir. Era la dulzura que nacía de esa súplica hecha al Señor, y de ese deseo de no buscar otra cosa que  contemplar al Resucitado.

F. Brändle

los hermanos unidos

“Ved qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos. Es ungüento precioso en la cabeza, que va bajando por la barba, que baja por la barba de Aarón, hasta la franja de su ornamento.

Es rocío del Hermón, que va bajando sobre el monte Sion. Porque allí manda el Señor la bendición: la vida para siempre” (Sal 132)

Este salmo tan corto y con un contenido tan cercano a nuestros buenos deseos no me era desconocido, pero con ocasión de un encuentro entre los miembros carmelitas descalzos de comunidades cercanas me despertó algunas intuiciones que quiero compartir. Sí, vivir unidos es un bello ideal, pero a qué compararlo. Lo lógico es a un grupo que piensa y siente de modo muy parecido, y por ello están unidos. Pero al ir leyendo las comparaciones que me pone el salmista, fui descubriendo que hay algo más que un buen entendimiento. Se trata de vivir unas relaciones que sin saber cómo se suavizan por un aceite que desde lo que es más alto y sublime que son nuestros pensamientos, se va extendiendo por los deseos y gustos hasta llegar al corazón de la verdadera unión, una nueva humanidad en la que todos unidos son hermanos.

Cuando descubrí que estar unidos era como rocío que se hace vida en ese modo de formar comunidad bendecido por Dios y que es preludio de vida eterna, fui cayendo en la cuenta de la riqueza que somos los unos para los otros. Y esto no se descubre antes, sino cuando llega el momento, que no siempre es el que yo quiero. Debo de vivir con esta esperanza de vida en comunión más allá de mis cálculos. No es fácil que en el momento presente se nos haga fácil pensar en ese vivir “unidos como hermanos” como colmo de la felicidad humana. Siempre se nos presentan las dificultades insalvables de la insolidaridad humana, que cierto es así, si no se espera como bendición de lo alto, como suavidad que se derrama en el corazón de los hombres.

F. Brändle

nuestros ojos en el Señor

“Como están los ojos de los esclavos fijos en las manos de sus señores, como están los ojos de la esclava fijos en las manos de su señora, así están nuestros ojos en el Señor, Dios nuestro, esperando su misericordia” (Sal 122, 2). Este versículo, de un salmo que se ha cantado con frecuencia, y por tanto era conocido, no me había nunca atraído, sobre todo por ese lenguaje que recuerda condiciones de la humanidad ya superadas, al menos legalmente: Se ha abolido la esclavitud. Sin embargo, en esta ocasión quise que me ayudara en mi oración, sin saber a dónde me llevaría. Rápidamente puede caer en la cuenta de que la mirada del esclavo y mi mirada al Señor, reflejaban dos situaciones antagónicas. Los ojos del esclavo o la esclava miraban las manos de su señor, o señora, esperando órdenes, mandatos que cumplir, bajo el miedo o la amenaza del castigo, aunque siempre cabría que amos generosos indicaran con suavidad el camino  por el que seguir para agradarles, en todo caso siempre sería una situación de sumisión la que se pedía en el esclavo, de la que no se vería libre, a no ser que el señor, o la señora, le dieran la libertad, dejando así de ser esclavo. El comparativo que se establece en el salmo, se me hizo antagónico. No yo no estaba frente a un amo de este mundo, sino ante el que vino a servirme, para liberarme, por eso ahora mis ojos vueltos al Señor, lo que descubren es la verdadera libertad, la que nace de la misericordia entrañable. No es fácil venir a vivir esta actitud, siempre acabo poniéndole a Dios el sambenito de “amo”, al que sirvo porque soy fiel servidor, y por tanto esclavo. Mi libertad es hacer el proyecto amoroso de Dios desde la entrega por amor y no por otras causas, así fui poco a poco descubriéndolo en la oración y sintiendo la grandeza de dejarme liberar por Dios, siendo esclavo de mí mismo, que no dejo de ser el amo que me esclaviza.

F. Brändle

Danos vida

“Danos vida, para que invoquemos tu nombre” (Sal 79,19). Me impresionó la petición y quise llevarla a la oración. Traté de hacerlo como frase que repetida me fuera adentrando en el querer de Dios, que puso esta petición en el salmista. ¿Qué vida quería Dios que le pidiésemos? Sencillamente la vida humana, y este era el gran misterio, porque reducir mi petición a lo que sensiblemente conozco que es mi vida, por la salud o la enfermedad, por las apetencias o inapetencias, por una inteligencia más honda o menos, no me parecía era lo que encerraba. Se me abrió la luz al descubrir la segunda parte del verso: “para que invoquemos tu nombre”. Poder nombrarte en tu verdad requiere vivir una vida humana abierta a ti, y esa es la vida que entendí pedía con la frase del salmista. Sí, vida humana verdadera. La que desde la conciencia de Jesús se sabe unida a Dios, esa vida que los místicos saborearon y a la que nos llaman constantemente a gustar. El tiempo pascual se nos ofrece como la gran ocasión para pedir esta vida y acogerla. Es el gran regalo que especialmente en la Pascua podemos descubrir que Dios nos da, y que hemos de pedírselo.

F. Brändle