CRÓNICAS PARA TIEMPOS DIFÍCILES

Liberación de San Pedro, Rafael Sanzio, Fresco, 1514. Museo Vaticano.

Mi Encarcelamiento

Todavía recuerdo, como si fuera hoy, cómo sucedió todo. Era un viernes, a última hora de la tarde, cuando ya esperaba con ansias el fin de semana que se avecinaba. Entraron en mi lugar de trabajo, no llamaron a la puerta, ni siguieron los rituales de los buenos modales. Simplemente me dieron una orden de encarcelamiento, a la que no me podía oponer.

No estaban equipados con un bastón, esposas o armas de fuego. No eran como policías normales: sus armas eran palabras, imágenes, hechos y un número alarmante de muertes. Mi sensación en ese momento era la de un ciudadano corriente. Me sentí perplejo, perdido y acorralado. Sin que se escuchara mi angustia, fui llevado a la furgoneta. No me permitieron coger muchas cosas. Me llevaron en un vehículo oscuro y hostil a mi dolor. Sin embargo, me di cuenta de que no era el único que había sido arrestado, miles de personas también estaban allí, también habían sido denunciadas. La acusación que cayó sobre todos nosotros fue que vivíamos una vida corriente. Algo totalmente injusto para un trabajador como yo, que pago mis impuestos y cumplo mis deberes con la nación. Pero lo más impactante de todo estaba por suceder…

El lugar de mi encarcelamiento se llamaba hogar. ¿Hogar? Sí, no cualquier hogar, sino mi hogar. Fue realmente duro lo que me hicieron, estar atrapado en mi propia casa. Casa, para mí, que me puso en contacto con un “nosotros”. Confieso que siempre he tenido dificultades para conjugar verbos en tercera persona del plural, por lo que con el tiempo he creado muchos espacios donde se permitía la conjugación en primera persona del singular. Era ridículo que, en este momento de mi vida, me viera obligado a pasar por una situación tan vergonzosa. Mis torturadores, con un gesto de benevolencia, me permitían usar el móvil. ¡Fue un respiro en medio del caos!

Pero el tiempo de privación se alargaba y surgían mil temores y preocupaciones. ¿Cómo pagaré mis deudas? ¿Cómo voy a mantener a mi familia? Estas y otras preguntas eran frecuentes… Pero mis dudas no fueron escuchadas, intenté hacerles entender la importancia que yo tenía en la empresa y que muchas cosas dependían de mí. Yo, que pensaba que era indispensable en mi trabajo, ahora estaba privado de toda certeza o garantía de volver a él. Estos pensamientos y preocupaciones, sumados al aburrimiento de estar en ese lugar, que ya no merecía el nombre de hogar, sino de prisión, me llevaron al delirio… ¡Qué difícil es descubrir que no tenemos las cosas en nuestras manos y que todo se vuelve relativo! El delirio, que inicialmente se manifestó como un intruso, ya ocupaba cada segundo de mi día.

Hoy, algunos años después de mi encarcelamiento, puedo admitir que el culmen de todo fue aquel espejo. De hecho, él siempre estuvo allí, pero hasta entonces fue solo para ayudarme a afeitarme. Ese espejo me puso en contacto con mi “yo”. El “verdadero yo” que vive escondido dentro de cada uno de nosotros. Nos da vergüenza, así que insistimos en negarlo. Pero ya no me era posible escapar, mi condición de prisionero no me lo permitía. Incluso el móvil, al principio tan comprensivo con mi dolor, se había revelado como un verdadero enemigo que me alejaba de mí mismo y, en consecuencia, de los demás.

Qué escena tan deprimente fue escuchar la voz de mi “verdadero yo”. Tenía sin resolver muchas cosas de mi vida. Es como si me encontrara con un montón de escombros sin saber qué hacer. No puedo expresar en papel lo que significa encontrarse consigo mismo en medio del caos. Miedo, inseguridad, frustración, dudas, odio, desesperación… ¡Son solo palabras! Lo que hay en mí es mucho más que eso.

Sin embargo, fue exactamente en ese momento, entre la desesperación y la lucidez, cuando una voz emergió en mí. ¿No sería una proyección de mi desesperación? ¿No sería un refugio dorado creado por mi debilidad? No, no podría producir esa sensación de paz yo mismo. No vino de mí, sino de “otro” extrañamente presente en mí. Ahora reconozco que no surgió en el momento de la desesperación, sino que siempre estuvo allí. Esa voz cálida indicaba dos actitudes infantiles como un ancla en esa tormenta: confianza y abandono.

Confianza y abandono no son palabras mágicas. Están llenas de significado existencial. Fue en el apogeo de mi encarcelamiento, cuando había perdido toda esperanza de sobrevivir a este caos, cuando surgió esta presencia afable y sutil. No puedo explicar cómo alguien pasa del dolor a la alegría, de la prisión a la libertad, de la desesperación a la esperanza… Estas son cosas complejas que no podemos expresar con palabras. Pero fue así, cuando desde lo más duro de mi prisión me liberé de mí mismo y me abrí a la trascendencia.

Fr. Emmanuel María

“Pruébanos tú, Señor, que sabes las verdades para que nos conozcamos!”

“Somos amigos de contentos más que de cruz. Pruébanos tú, Señor, que sabes las verdades para que nos conozcamos!” 

(Santa Teresa, Moradas 3ªs, cap.1,9)

Tiempo de reflexión. Tiempo para amar. Estos días de duro confinamiento, solos o en familia o con algún amigo, nos da tiempo para ordenar nuestra casa, nuestro interior, y nos revela lo mucho que dependemos uno de otro. Que las palabras de Jesús, o Santa Teresa, o San Juan, están infundidas de una verdad reveladora.

Complacientes y viviendo una vida llena de bienestar material, esta pandemia nos revela la importancia de la caridad y misericordia, de cuidar de los enfermos, enterrar a los que han muerto solos, relativizar y transformarnos. Ahondar en nuestro autoconocimiento y amor mutuo. Prepararnos para el mundo post-virus.

Desde lo profundo de la fosa nace la esperanza. En la oscuridad se refuerzan nuestras raíces, para florecer en la luz.

Hermano Frederik

Sí, ahí está la pandemia

Manos, Alberto Durero, 1508. Tinta sobre papel, Museo Albertina, Viena

Nuestra comunidad ha vivido unos momentos llenos de emoción al orar toda la comunidad, conforme se nos proponía a los carmelitas descalzos de la Provincia Ibérica, en un hondo clima de presencia de Dios, favorecida por la escucha de su Palabra y la de sus testigos, nuestros santos del Carmelo.

Sí, ahí está la pandemia, y con dolor le decimos a Dios que pase de nosotros. Sí ahí esta la pandemia, y con humildad le decimos a Dios que todo lo ordene para que podamos crecer en humanidad desde ella. Sí ahí está la pandemia, y con confianza le decimos que no nos deje. Sí ahí está la pandemia, y queremos ponernos en su manos. Hemos recordado a quienes sufren con dolor estos momentos y nos han comunicado su situación. Hemos querido abrir caminos de esperanza, abriendo nuestros corazones a una nueva primavera, y nos hemos unido a la Iglesia y al Papa orando con sus palabras. Nuestro lugar privilegiado no nos separa de nadie, nos une a todos. Nuestro lugar privilegiado quiere seguir siendo, cuando así se pueda, un lugar de encuentro, entre los hombres en la verdad y el amor.

F. Brändle

No pesará el cetro de los malvados sobre el lote de los justos

Cristo curando el paralítico, Murillo, National Gallery Londres

El salmo 124 me ha servido en más de una ocasión para mantener mi atención amorosa durante el tiempo de la oración. No podría imaginar que en esta ocasión la frase que se convirtió en clave para fijar esa atención amorosa, general, oscura fuera: “No pesará el cetro de los malvados sobre el lote de los justos”. Sí sabía que el lote de los justos, su heredad, era el Señor. Pero como tantas cosas cuando las queremos poseer de modo egoísta nos puede ser arrebatada. El cetro de los malvados se convierte en esa amenaza constante sobre lo que nunca nos podrá ser arrebatado: la comunión con el Señor, el lote de mi heredad. Sólo pesará sobre nosotros ese cetro, si lo que recibimos gratis queremos convertirlo en algo alcanzado por mí. Que me pertenece y que debo guardar celosamente.

                 Caí en la cuenta de las veces que he querido vivir mi relación con Dios, mi entrega al prójimo, de ese modo cerrado, que me hacía incapaz de descubrir la gratuidad de Dios, mi herencia, y la generosidad de mi entrega, nacida del amor de Dios. En esa oración silenciosa intuí hasta que punto nadie nos puede separar del Señor, y nadie puede cerrarnos el camino de una vida vivida en la caridad. ¡Qué grandeza la del hombre con tan rica herencia! ¡Qué grandeza la del hombre con tan fecunda vida! Cuando las circunstancias que atravesamos nos descubren la fragilidad de nuestra existencia, al tiempo que la llamada a los valores más altos, sin duda que la Humanidad podrá estar segura de que “No pesará el cetro de las circunstancias adversas sobre el lote de nuestras vidas salidas de las manos del Amado”

F. Brändle.

Dios mío, confío en tí

Cada domingo en la noche, cuando rezamos el Salmo 90, repito siempre con fuerza,  obedeciendo al salmista: “Refugio mío, alcázar mío, Dios mío, confío en tí”, Para escuchar después con devoción todos los beneficios que se derivan de este grito de confianza, entre ellos está: no temerás la peste que se desliza en las tinieblas, recordándome estos momentos que vivimos amenazados por el coronavirus.

Heinrich Hoffan, 1893 grabado

            Más allá de lo que significa el verse libre de este peligroso virus, pues me siento solidarizado con todos los que lo padecen, lo que sí me ha traído esta situación es descubrir que todas estas amenazas están por debajo, que se deslizan en la tiniebla, pero que el Señor está velando sobre todos los “pueblos”, porque esta por encima de todos ellos (Sal 112). Esta tarde orando con este salmo, podía descubrir que su luz ilumina ahora con fuerza sobre todo, pues los cielos, su morada, están en lo más alto de las miras de los hombres, que han vuelto a renacer en estos momentos de crisis. Sí, su gloria sobre los cielos, su luz sobre esta Humanidad amenazada, que vuelve a descubrir que sólo en la solidaridad y la comunión se encuentran los caminos de salvación.

En nuestro monasterio, siguiendo las indicaciones recibidas de las autoridades no recibiremos huéspedes, pero nuestro corazón estará cerca de todos aquellos que por esta causa no han podido estar con nosotros, pero también de todos los enfermos, de todos los que les cuidan, y de todos los que por esta razón, al igual que nosotros, permanecemos en nuestra casas. Aunque hemos de reconocer que en este sentido somos privilegiados, nuestra casa es un espacio lleno de luz y vida, al tiempo que de paz y silencio. Desde aquí  os recordamos.

F. Brändle

aviso COVID-19: Debido a la pandemia del coronavirus y en un ejercicio de responsabilidad individual y colectiva, la hospedería del monasterio estará cerrada hasta el 30 de marzo, fecha en la que se volverá a valorar la situación.

Debido a la pandemia del coronavirus y en un ejercicio de responsabilidad individual y colectiva, la hospedería del monasterio estará cerrada hasta el 30 de marzo, fecha en la que se volverá a valorar la situación.

Teresa de Jesús y la conversión

En este tiempo de Cuaresma recordamos con facilidad la gracia que tuvo santa Teresa en la Cuaresma de 1554, junto a la imagen de un Cristo atado a la columna, que produjo en su vida una profunda conversión. Ciertamente, fue la culminación de un largo proceso de búsqueda, que no paró allí, sino que la impulsó a un nuevo caminar siempre más hondo, siempre más ancho.

            ¿Qué conversión nos enseña santa Teresa?

Primero, me parece que podemos hablar de una conversión que nos hace poner la mirada en Cristo. Es, al mismo tiempo, una invitación a la centralidad en Cristo y a no distraernos de lo esencial. Con mucha facilidad nuestra mirada o se vuelve hacia nosotros mismos o se vuelve hacia los demás. Pero, no en el sentido bueno de la caridad, sino juzgando, con envidia, rencor, codicia… Si quitamos nuestra mirada del Maestro dejamos que se adentre en nuestra mente y nuestro corazón la obscuridad que ciega nuestros pasos. La conversión de santa Teresa es una conversión a Cristo, a mirarlo a él como único bien de su alma.

Segundo: la conversión que nos enseña santa Teresa es una conversión que nos hace ser solidarios con Cristo, que llena nuestro corazón de disponibilidad para compartir con él sus sufrimientos y cargar su cruz. Es una conversión que nos hace acoger la voluntad de Dios en nuestras vidas. Es también la conversión que nos permite contemplar el rostro sufriente de Cristo en nuestros hermanos que, como dice el papa, están en las “periferias de la existencia”.

Tercero: creo que podremos hablar de la dimensión eclesial y hasta humanitaria de la conversión teresiana. Sí: han pasado cinco siglos del nacimiento de Teresa de Ahumada y aún nos estamos beneficiando de su conversión. Quisiéramos que también nuestra vida tuviera un poquito de esa luz que irradia Teresa. Quisiéramos que aproveche a los demás todo lo que hemos recibido de Dios.

Pero, no queremos terminar esta meditación sobre la conversión de santa Teresa sin preguntarle cuál es el secreto de este hecho afortunado. En el Libro de su Vida, hablando de esta conversión escribe: “Porque estaba ya muy desconfiada de mí y ponía toda mi confianza en Dios”. La conversión sucede cuando ponemos toda nuestra confianza en Dios, este es el secreto.

Pidamos hermanos, hermanas, la gracia de vivir esta Cuaresma como proceso de conversión y pidamos la gracia de confiar totalmente en Dios.

Fray Emmanuel María