El Señor lo guarda

“El Señor lo guarda…  para que sea dichoso en la tierra” (Sal 40,3). Me quedé saboreando en la oración la dicha que el Señor promete ya en la tierra. Me acordé inmediatamente de las bienaventuranzas. A la luz de este versículo fui entendiendo que el programa tan maravilloso que nos ofrecen no puede ser el fruto de nuestro esfuerzo, sino la consecuencia de ese cuidado amoroso con el que el Señor nos guarda. Entendí que es esa la fuente de la dicha en la tierra, la cercanía amorosa de Dios. Nuestra vida encarnada en este mundo la hemos de vivir en esta clave, sintiendo siempre, sean las circunstancias que sean, -las que se nos recuerdan en las bienaventuranzas-, esa alegría interior con la que el Señor guardándonos nos hace dichosos en la tierra. No es cuestión de plantearnos, a la luz de este versículo, si las tribulaciones nos traerán después el gozo. Hemos de ir entendiendo que en ese llegar a lo más hondo se puede vivir en esa doble dimensión: tribulación y gozo al mismo tiempo.

F. Brändle

El Señor es Justo

“El Señor es justo y ama la justicia” (Sal 10,7). Este verso del salmo, de los últimos es el que vino a mi memoria en el momento de iniciar la oración. Era de los últimos versos, cuando he podido volver a ver su contexto, he descubierto que era claramente un contexto veterotestamentario, y a mí el verso repetido en mi oración me abría las puertas a una visión totalmente evangélica de salvación. Así, se me fue descubriendo, porque al preguntarme cómo interpretar que Dios era justo, intuí que habría que repetir lo que dice San Juan en su carta acerca del amor. Dios es amor y hemos conocido el amor no en que nosotros le hayamos amado primero, sino en que Él nos amó. Dios es justo, lo sé porque él me ha mostrado como ser justo, con su actuación a través de su Hijo entregado por mí. Su entrega ha revelado el mayor acto de justicia, el que puede salvar a todos los hombres, porque el ama la justicia. Dios me salva y por lo mismo me declara justo no porque me libra de mis faltas y pecados, sino porque me abre las puertas de un modo nuevo de acercarme a él, que es según Pablo, la fe, pero que encierra toda una vida teologal que encierra la esperanza y la caridad. Vivir teologalmente es la consecuencia de haber descubierto al Dios justo, y conocido que ama la justicia, la salvación para los hombres. Cierto que después leyendo el salmo he podido constatar la evolución del antiguo al nuevo testamento, del Dios que se alcanza sin alcanzar por una justicia humana, y por lo mismo limitada, al Dios que es justo porque me salva. La consecuencia es clara, seré justo y mi conducta de cara a los demás será abrir este camino de la justicia a todos. Si Dios es justo nosotros hemos de serlo. Eso no se puede mostrar sino en mi conducta, que ya no busca la justificación por las obras sino por la entrega amorosa y llena de justicia a los demás.

F. Brändle

Tu Dios, te ha ungido con aceite de júbilo

Bautismo de Cristo, Joachim Patinir, c.1515 Kunsthistorisches Museum, Vienna

“Tu Dios, te ha ungido con aceite de júbilo” (Sal 44,8). Me llamaron la atención estas palabras del salmo, quise llevarlas a la oración, para que se me abriese su contenido más hondo. Cuando escribo estas letras lo estoy recordando en la víspera de la celebración del Bautismo del Señor, ungido por el Espíritu y he podido leer estas palabras de San Pedro Crisólogo: “Hoy el Espíritu Santo se cierne sobre las aguas en forma de paloma, para que, así como la paloma de Noé anunció el fin del diluvio, de la misma forma ésta fuera signo de que ha terminado el perpetuo naufragio del mundo. Pero a diferencia de aquélla, que sólo llevaba un ramo de olivo caduco, ésta derramará la enjundia completa del nuevo crisma en la cabeza del Autor de la nueva progenie, para que se cumpliese lo que dice el profeta: “por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido con aceite de júbilo entre todos tus compañeros”.  Buscaba orando llegar a penetrar en esa alegría que habría de darme el aceite en el que Dios me ungiría, sólo me llenaba el saber que quién con su aceite me sanaba era el mismo Dios, y con ello me daba su salvación. Hoy con toda la iglesia lo celebro sabiendo que la humanidad entera ha sido ungida en Jesús con este aceite de júbilo, con este aceite de salvación.

F. Brändle

beberá del torrente

“En su camino beberá del torrente; por eso, levantará la cabeza” (Sal 109,7). Al iniciar un nuevo año, nuestra vida parece recobrar esperanzas de aquello que nos creemos llenará nuestros deseos y, sin embargo, lo más realista parece que es pensar que nuestro camino seguirá como siempre y lo importante es recorrerlo con ilusión. Al recitar este salmo, y descubrir este último verso, que quise llevar a mi oración, descubrí que ese camino de la vida nos es dado recorrerlo envueltos en un torrente de amor que era la presencia de Dios. Me preguntaba, o mejor quería imaginarme como se puede beber de un torrente que te inunda, y no ahogarte. Mi pregunta me llevó a descubrir que no era beber a sorbos, poco a poco, lo que podría hacer, sino dejarme inundar, y sólo un torrente de amor podría llenarme de vida, sin ahogarme a pesar de verme inundado. La vida se me fue descubriendo como ese camino que se puede recorrer sin hundirnos, con la cabeza levantada porque nos sentimos inundados de amor, bebiendo de él sin medida. Necesitamos beber del torrente, necesitamos iniciar nuestro año con esa gran convicción, podremos caminar por la vida que se nos abre envueltos en el torrente de amor que Dios nos regala.

F.Brändle

Quién como el Señor Dios nuestro

En la Nochebuena, ante el misterio inefable de la Navidad os comparto estas palabras nacidas de un momento de encuentro con el Señor: “¿Quién como el Señor Dios nuestro…?” (Sal 112,5). La pregunta no me llevó a buscar comparaciones. En el silencio de la oración y abierto al misterio de la presencia amorosa de Dios, sólo descubría la incomparable dimensión de nuestro Dios. No es más grande que…, es la inmensidad, que se eleva sobre todo, como me lo recordaba el salmo.  Y al mismo tiempo no es menos que… es la infinita pequeñez del que se abaja. Y envuelto en este misterio de grandeza y pequeñez vine a descubrir que es aquí donde se hace posible el misterio de la Encarnación y la celebración de la Navidad como Misterio. Sí, esa es la manera de acercarnos a Dios, no haciéndole comparable a nada en su grandeza o su pequeñez, sino dejándonos inundar por ello. Es el modo de adentrarnos en la Navidad, con esa visión del místico San Juan de la Cruz, que ha cantado el llanto del hombre en Dios, en un abajarse incomparable, sin olvidar cuánto el Padre valía, y poder ser abrazados en su amor, que su Hijo nos trae, porque en su abajamiento hace posible el “reclinarnos en su brazo, abrasarnos en su amor y así  legar a decirle al Padre:  “con eterno deleite tu bondad sublimaría”, haciendo posible al hombre saborear una grandeza sin límites.

F. Brändle

El Señor ha estado grande con nosotros

“El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres” (Sal 125,3). Me sentí abrumado al repetir estas palabras en mi oración. ¿Dónde descubrir la grandeza de las obras del Señor? Y me sorprendía considerando que siempre las había juzgado desde mi manera de calcular, que ve la grandeza de modo tan confundido, porque la ve en  lo que es vanidad y vacío. Pone la mirada en lo que asombra a los sentidos, haciendo falsa la medida con la que medirla. Se me hizo presente la grandeza del Señor en la pequeñez de las obras del que todo lo hace movido por él. Entendí el “magnificat”: El Señor ha hecho obras grandes en mí. Sí, ella no sintió nada fuera de lo común en su concepción virginal, la vivió desde la vida teologal en la que estaba asentada. Y también por ella hizo obras grandes, las que nacieron de su maternidad espiritual, nunca calculable en medidas humanas, sino en la humildad en la que ella vivió. Este es el camino de la verdadera alegría, en la que el ángel saluda a María. Sólo así se puede descubrir la grandeza de las obras de Dios en nosotros, son las obras que hacemos desde nuestra vida teologal sin más miras que el hacer la voluntad de Dios, y sólo así se puede vivir la alegría del evangelio.

F. Brändle

la verdad y la justicia

“Cabalga victorioso por la verdad y la justicia” (Sal 44,5). No me resultan extraños los versos de este salmo, pero en esta ocasión, este verso, que ya conocía, me abrió camino en mi oración silenciosa para descubrirme profundidades más allá de la mera consideración sensible. Si como género estábamos ante un salmo mesiánico, como lector cristiano me descubría la hondura de la vida humana que se manifiesta en Jesús. Su vida me invitaba a liberarme, como el que cabalga, de tantos modos atados de caminar por la vida. No me detuve en analizar estas ataduras, -estaba tratando de vivir una atención amorosa- sino en lo que supone la invitación a verme libre de ellas, con el símbolo tan bello del cabalgar victorioso. A ello sentí que estamos llamados a una auténtica liberación de prejuicios, apegos, fijaciones… porque nuestra vida en Cristo así lo conlleva. Descubierta esta invitación, era claro que la liberación me llevaría a una vida en la verdad, en la autenticidad de lo que soy, en un ámbito de salvación que me ofrece la justicia divina. Mi oración se fue abriendo a la verdad de este versículo del salmo tal como se me ofrecía vivirlo. Jesús el que cabalga victorioso por la verdad y la justicia me invitaba a seguirlo por este camino.

F. Brändle

invocando el nombre del Señor

“Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando el nombre del Señor” (Sal 115,17). Al repetir el versículo, me sentía realmente pobre. Sólo invocando su nombre me atreví a ofrecerle ese sacrificio de alabanza. Invocaba una y otra vez su nombre, porque sólo su presencia misericordiosa me hacía posible sentirme inundado de su amor. Con esa conciencia que se iba haciendo en mi a medida que transcurría la oración, entendí que mi vida podía ser un sacrificio de alabanza. Un hacer sagrado mi vivir convertido en alabanza de la gloria de Dios, como rezaría Santa Isabel de la Trinidad. Desde la pobreza en la que me sentía envuelto, comprendí también la riqueza a la que estaba llamado al hacerme sacrificio de alabanza. Con el salmista me atreví finalmente a decir: “te ofreceré un sacrifico de alabanza”.

F. Brändle.

Él es mi roca

“Sólo Él es mi roca y mi salvación” (Sal 61,7). Me parecía fácil repetir con el salmista estas palabras durante mi oración silenciosa. Pronto me sorprendí cayendo en la cuenta de su hondura. Sí, había repetido muchas veces con Santa Teresa, “sólo Dios basta”. Y me parecía entenderla a ella descubriendo que sólo Dios saciaría mis deseos. Pero ahora se trataba de una postura más honda:  descubrir que no podría apoyarme en nada para sostener mi vida que no fuera Dios. En el silencio contemplativo me parecía entender que no era fácil llegar a vivirlo en plenitud. Que sólo con su gracia podría vivir en esa actitud, que al fin es la única que merece la pena. Cierto que para ello estaba Cristo, verdadera piedra angular, y con él todos los hombres, mis hermanos. Necesitaba, sin embargo, purificar ese apoyo desde la fe. Me parece que no es fácil dejar de tender a quedarte en los demás como apoyo, incluso Cristo, porque los descubres desde tus razones y emociones, y no porque forman esa nueva humanidad en la que Dios está presente para ser mi roca y mi salvación.  Acabé pidiendo al Señor que me concediera alcanzar en plenitud la verdad de esta afirmación del salmista.

F. Brändle

quedé desconcertado

Nebulosa Carina. Crédito: ESO / T. Preibisch

“Escondiste tu rostro y quedé desconcertado” (Sal 29,8). Al abrirme al sentido más hondo de estas palabras comencé a descubrir que el rostro que se escondía era el que yo le había puesto a Dios, su verdadero rostro nunca se esconde. Mi desconcierto nacía de que ya no podía yo ponerle a Dios los atributos a mi medida, tendría que dejarme sorprender por El. Me vinieron a la mente las palabras que escuché ante un cuadro con la representación de las obras de San Juan de la Cruz, y en concreto la representación del “Monte Carmelo” como un fondo de luz abismal, donde no había forma alguna, las palabras fueron: “Así es Dios, sin rostro”, claro está que no decía que no lo tenía, sino que así había que representarlo. Ese rostro escondido de Dios me llevaba a adentrarme en Él, a dejarme envolver por su presencia, y no quererle colocar enfrente. Así cesaron mis discursos y dejé que la paz y el sosiego inundaran mi mente, como el mejor de los desconciertos. Nunca con mi concertado entender habría alcanzado esa paz en Dios.

F. Brändle